Hay momentos en los que la vida se va llenando de pequeños aplazamientos. No son grandes renuncias ni decisiones conscientes de abandonar algo importante. Son más bien retrasos discretos, casi invisibles: ya lo pensaré, más adelante, cuando tenga más tiempo, cuando lo vea más claro. Y así, sin darnos cuenta, la vida empieza a quedarse en una especie de término medio donde nada se pierde del todo… pero tampoco nada termina de nacer. Vivir a medias no es una opción explícita. Es una forma de ir dejando pasar lo que importa sin enfrentarse del todo a ello. Se mantiene la intención, incluso el deseo, pero falta el paso que lo convierte en realidad. Y ese paso, casi siempre, tiene que ver con una decisión. Santa Teresa de Jesús conoció bien ese terreno. Durante años vivió en una tensión interior que ella misma describe con una sinceridad desarmante: deseaba una vida más profunda, intuía que había algo más, pero no terminaba de dar el paso. Había en ella una mezcla de búsqueda real y de cierta comodidad que la retenía. No era indiferencia, pero tampoco era entrega. Hasta que...