Cuando se habla de San Juan de la Cruz como primer carmelita descalzo, no se trata solo de una precedencia cronológica. Juan no es el primero únicamente porque estuvo en Duruelo en 1568, sino porque encarnó antes que nadie el espíritu profundo del Carmelo reformado, viviéndolo desde dentro con radicalidad, libertad y verdad. Su epistolario permite contemplar esta identidad fundante con una cercanía única, lejos de los grandes tratados y muy cerca de la vida concreta. En sus cartas aparece un Juan plenamente consciente de que el Carmelo descalzo no es ante todo una estructura ni una observancia externa, sino una manera de vivir para Dios sin reservas. El carmelita descalzo, tal como él lo entiende y lo vive, es alguien que ha acabado con todo para que Dios lo sea todo. Esta convicción atraviesa sus escritos: “el religioso de tal manera quiere Dios que sea religioso, que haya acabado con todo y que todo se haya acabado para él. Aquí se condensa una espiritualidad que no admite componendas. San Juan escribe desde la experiencia del despojo. No teoriza sobre la pobreza o...