Pocas experiencias resultan tan desconcertantes en la vida espiritual como el silencio de Dios. Hay momentos en los que la oración parece no encontrar respuesta, las certezas se debilitan y la presencia que un día llenó el corazón parece haberse desvanecido. Quien ha recorrido un camino de fe conoce, antes o después, esa sensación de oscuridad.
También Santa Teresa de Jesús la conoció.
Sus escritos están muy lejos de presentar una vida espiritual hecha únicamente de consuelos y experiencias extraordinarias. Teresa habla con una sinceridad desarmante de las dificultades para orar, de las distracciones, de las sequedades y de esos momentos en los que parece que Dios permanece en silencio. Precisamente por haber atravesado esas noches, su palabra sigue ofreciendo hoy una esperanza profundamente realista.
En nuestra cultura solemos identificar el silencio con la ausencia. Si alguien no responde, pensamos que ya no está. Sin embargo, Teresa descubre poco a poco que con Dios ocurre algo distinto. El silencio no significa necesariamente distancia. Muchas veces forma parte del modo en que Él educa el corazón.
En Las Moradas, especialmente al describir las últimas etapas del camino espiritual, Teresa explica que el alma atraviesa pruebas que purifican su manera de amar. Dios deja de ser buscado por los consuelos que ofrece y comienza a ser amado por sí mismo. Es un proceso exigente, porque obliga a pasar de una fe apoyada en lo que se siente a una fe sostenida por la confianza.
Por eso Teresa nunca aconseja abandonar la oración cuando llegan las sequedades. Al contrario. Es precisamente entonces cuando invita a perseverar con mayor humildad. La oración no consiste en sentir mucho, sino en permanecer junto a quien sabemos que nos ama, aunque no experimentemos nada extraordinario.
Ella misma reconoce que hubo largos periodos en los que le costaba recogerse, en los que las preocupaciones ocupaban su mente y el cansancio parecía imponerse al deseo de orar. Pero nunca concluye que Dios la hubiera abandonado. Con el paso del tiempo comprende que incluso aquellos periodos estaban formando su corazón.
Hay una pedagogía escondida en el silencio.
Como ocurre en cualquier relación profunda, existen momentos en los que las palabras dejan paso a una presencia más serena. La amistad madura no necesita demostraciones constantes. También la relación con Dios atraviesa etapas en las que la confianza aprende a sostenerse sin apoyos sensibles.
Esta enseñanza resulta especialmente actual. Vivimos acostumbrados a medir casi todo por lo que sentimos. Si una experiencia nos emociona, pensamos que funciona; si deja de producir satisfacción inmediata, tendemos a abandonarla. Teresa propone una lógica completamente distinta. La fidelidad vale más que la emoción pasajera.
Eso no significa que la vida espiritual deba convertirse en un esfuerzo frío o rutinario. Teresa conoce demasiado bien el corazón humano para proponer una fe sin afectos. Lo que enseña es algo mucho más profundo: el amor verdadero permanece también cuando desaparecen las consolaciones.
Quizá por eso sus escritos transmiten tanta serenidad. Nunca promete un camino fácil. Promete un camino verdadero. Y en ese camino también hay silencios, esperas y noches que parecen interminables.
Sin embargo, al mirar su propia vida, Teresa descubre que Dios nunca había dejado de acompañarla. Lo que en determinados momentos interpretó como ausencia terminó revelándose como una presencia discreta, paciente y transformadora. Dios seguía actuando, aunque ella no pudiera percibirlo.
Esa convicción cambió su manera de afrontar las dificultades. Aprendió a no medir la cercanía de Dios por lo que sentía cada día, sino por la confianza que iba creciendo lentamente en su interior. Comprendió que la fe no consiste en tener siempre respuestas, sino en seguir caminando incluso cuando las preguntas permanecen abiertas.
Todos atravesamos alguna vez momentos en los que parece que Dios guarda silencio. La oración se vuelve árida, las fuerzas disminuyen y el corazón se llena de incertidumbre. Teresa nos invita entonces a no interpretar demasiado deprisa ese silencio. Quizá no sea un abandono. Quizá sea una invitación a descubrir una presencia más profunda.
Porque el silencio de Dios no siempre es ausencia.
A veces es la forma más delicada con la que prepara el corazón para escucharle de una manera nueva.
Julia Alonso

