Després de la seva reelecció com a Provincial de la Província Ibèrica del Carmel Descalç, el P. Francisco Sánchez Oreja reflexiona sobre el moment actual que viu l’Orde, els reptes del nou trienni i la necessitat de mantenir viu el carisma teresià en un context canviant. En aquesta conversa marcada per l’experiència i la mirada de futur, ens parla de temes clau com la vida fraterna, la missió compartida i el paper del Carmel avui a l’Església i a la societat. Oferim l’entevista íntegrament en el castellà original.
Ha sido reelegido como Provincial. ¿Cómo vive personalmente este nuevo trienio que ahora comienza?
Lo vivo con una mezcla muy real de gratitud, responsabilidad y también de cierta conciencia de fragilidad. La reelección no se experimenta como una continuidad tranquila, sino como una nueva llamada, casi como un volver a empezar desde otro lugar interior. Uno ya no se sitúa desde la novedad inicial, sino desde la experiencia acumulada, que trae consigo tanto aprendizaje como mayor conciencia de los límites.
Con el paso del tiempo uno entiende mejor que este servicio no se sostiene en las propias capacidades, sino en la gracia y en la confianza compartida. Ser reelegido no es tanto un reconocimiento como una invitación a profundizar en el servicio, a hacerlo más despojado, más atento, más disponible. Y eso implica también una actitud interior de escucha constante, de dejarse interpelar y de no dar nada por supuesto.
¿Qué supone hoy ser Provincial en un contexto tan cambiante como el actual?
Supone vivir en una tensión que, bien entendida, es fecunda: la tensión entre la fidelidad y la adaptación. Por un lado, somos depositarios de una tradición espiritual muy rica, que no podemos diluir ni banalizar. Por otro, estamos llamados a vivirla en un contexto cultural, social y eclesial que ha cambiado profundamente y que sigue cambiando con rapidez.
Esto exige una actitud de discernimiento permanente. No basta con repetir lo recibido, pero tampoco con adaptarse sin criterio. Hay que saber leer los signos de los tiempos sin perder el centro. Y eso implica tiempo, paciencia y, sobre todo, una gran confianza en que el Espíritu sigue actuando, incluso en medio de la incertidumbre.
Uno de los grandes temas es el mantenimiento del carisma. ¿Cómo se cuida hoy el carisma teresiano?
El carisma no se conserva como se conserva un objeto; se mantiene vivo en la medida en que se vuelve a la experiencia que lo originó. En nuestro caso, eso significa volver una y otra vez a la relación personal con Dios, a la oración entendida como trato de amistad, a la vida fraterna vivida con verdad y a la misión que nace de esa experiencia.
El mayor riesgo hoy no es tanto la pérdida de estructuras como la pérdida de profundidad. Podemos seguir haciendo muchas cosas y, sin embargo, vaciarnos por dentro. Por eso, cuidar el carisma implica cuidar lo invisible: el silencio, la interioridad, la calidad de nuestras relaciones, la verdad con la que vivimos.
Es un trabajo que no se ve, pero que sostiene todo lo demás. Si eso se cuida, el carisma permanece vivo. Si eso se descuida, todo lo demás pierde sentido.
La Provincia es amplia y diversa. ¿Cómo se gobierna esa pluralidad sin perder la unidad?
Con una combinación de cercanía, escucha y horizonte común. La pluralidad no es un problema en sí misma; de hecho, es una riqueza. Pero necesita ser acompañada para que no derive en fragmentación.
Cada comunidad tiene su historia, su situación, sus retos concretos. No se puede gobernar todo desde un esquema uniforme. Es necesario un acompañamiento personalizado, que tenga en cuenta la realidad concreta de cada lugar. Pero al mismo tiempo es fundamental mantener una referencia común, una identidad compartida que nos ayude a caminar en la misma dirección.
Ese equilibrio entre unidad y diversidad no se resuelve de una vez para siempre. Es un proceso continuo que requiere diálogo, paciencia y una voluntad sincera de comunión.
¿Qué importancia tiene el contacto directo con las comunidades en este servicio?
Es absolutamente esencial. El gobierno no puede ejercerse solo desde documentos o reuniones formales. Necesita presencia, tiempo compartido, cercanía real.
Cuando uno visita las comunidades, cuando comparte la vida cotidiana, cuando escucha sin prisa… se comprende la realidad de una manera completamente distinta. Y eso cambia también la forma de tomar decisiones. Se pasa de lo abstracto a lo concreto, de lo general a lo encarnado.
Además, el contacto directo tiene un valor en sí mismo: fortalece la comunión, genera confianza y hace visible que el gobierno no es una instancia lejana, sino un servicio cercano.
¿Cómo se sitúa hoy la relación con las Carmelitas Descalzas y el Carmelo Seglar?
Como una dimensión esencial de nuestra identidad. El Carmelo hoy se entiende cada vez más en clave de familia. No somos realidades aisladas, sino expresiones diversas de un mismo carisma.
La relación con las Carmelitas Descalzas es particularmente significativa. Su vida de oración sostiene de manera silenciosa, pero muy real, la vida del Carmelo. Y con el Carmelo Seglar estamos llamados a avanzar hacia una mayor corresponsabilidad, no solo en actividades concretas, sino en la vivencia compartida del carisma.
En este sentido, el horizonte es claro: crecer en una verdadera comunión de vida y misión, donde frailes, monjas y laicos no solo colaboren, sino que caminen juntos desde una misma vocación compartida.
En este contexto, ¿cómo se afronta la reconfiguración de presencias y tareas?
Con realismo, pero también con sentido espiritual. No se trata simplemente de reorganizar recursos, sino de discernir qué presencia es significativa hoy y cómo podemos ser fieles a lo que se nos pide en este momento.
Esto implica aceptar límites, reconocer que no podemos estar en todos los lugares de la misma manera, y priorizar. A veces hay que tomar decisiones que no son fáciles, pero que pueden ser necesarias para que la vida continúe con mayor verdad.
Lo importante es que esas decisiones no se tomen desde el miedo o la inercia, sino desde el discernimiento y la comunión.
Vivimos en un mundo acelerado, poco dado a la interioridad. ¿Tiene sentido hoy la propuesta carmelita?
Tiene quizá más sentido que nunca. Precisamente porque vivimos en un contexto de aceleración, de ruido constante y de cierta dispersión interior.
Muchas personas experimentan una necesidad profunda de silencio, de sentido, de profundidad, aunque no siempre sepan nombrarlo. El Carmelo ofrece un camino hacia esa interioridad, no como evasión, sino como lugar de verdad.
No se trata de apartarse del mundo, sino de habitarlo de otra manera. De vivir desde dentro, con mayor libertad, con mayor profundidad, con una mirada más abierta a Dios y a los demás.
¿Cuáles son, a su juicio, los grandes retos de este nuevo trienio?
Diría que hay varios, pero todos convergen en uno: vivir con verdad lo que somos. Esto se concreta en el cuidado de la vida fraterna, en el acompañamiento serio de los procesos vocacionales, en la formación permanente y en la capacidad de comunicar lo que vivimos.
También es un reto saber situarnos en la sociedad actual sin perder identidad, encontrando formas de presencia que sean significativas y comprensibles.
En este contexto, uno de los retos concretos que percibo con claridad es cuidar y fortalecer la comunicación y el diálogo entre los religiosos. Necesitamos espacios reales de escucha, de encuentro y de intercambio que favorezcan la comunión y eviten el aislamiento. La vida fraterna no se sostiene sin comunicación, y hoy más que nunca estamos llamados a cultivarla con intención y cuidado.
Pero, en el fondo, el gran reto es no perder el centro. Si mantenemos el centro —Cristo, la oración, la vida vivida con verdad—, podremos afrontar lo demás.
Para terminar, ¿qué le gustaría que caracterizara este nuevo trienio?
Me gustaría que fuera un tiempo de profundidad, de comunión y de esperanza. Profundidad para no quedarnos en lo superficial; comunión para caminar verdaderamente juntos; y esperanza para no dejarnos vencer por el desánimo o la incertidumbre.
No se trata de hacer muchas cosas, sino de hacer bien lo esencial. Si logramos vivir con más verdad nuestra vocación, eso ya será un fruto enorme.

