El P. Francisco Sánchez Oreja, OCD, superior provincial de la Provincia Ibérica de Santa Teresa de Jesús, ha presidido este sábado, 22 de agosto, la Eucaristía dentro del solemne decenario que las Carmelitas Descalzas del Monasterio de la Encarnación de Ávila están celebrando con motivo de la fiesta de la Transverberación del Corazón de Santa Teresa de Jesús.
Al comienzo de su homilía, el Provincial ha recordado el significado especial de celebrar la Eucaristía en un lugar fundamental de la biografía teresiana. En la Encarnación, Teresa pasó cerca de treinta años de su vida, experimentó sus luchas interiores, descubrió la misericordia de Dios, avanzó en su proceso de conversión y recibió algunas de las gracias místicas que marcarían profundamente su existencia.
El P. Francisco Sánchez Oreja ha invitado, sin embargo, a no reducir la Transverberación al hecho extraordinario narrado por Teresa: «Lo importante no fue el dardo del ángel; lo importante fue el amor de Cristo que tomó posesión del corazón de Teresa».
«¿Quién soy yo para ti?»
A partir de la pregunta de Jesús en el Evangelio —«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»—, el Provincial ha situado la experiencia teresiana ante una cuestión que continúa interpelando a cada cristiano. No basta, ha explicado, conocer intelectualmente a Cristo, hablar de Él o admirar su figura. Llega un momento en el que la pregunta se vuelve personal: «¿Quién soy yo para ti?».
También Teresa conocía a Cristo desde niña, había leído vidas de santos, había ingresado joven en la vida religiosa y permanecía fiel a las prácticas conventuales. Sin embargo, durante años experimentó un corazón dividido, hasta que Cristo dejó de ser únicamente objeto de su pensamiento para convertirse en «el centro absoluto de su existencia».
En este sentido, la Transverberación no puede entenderse como un privilegio concedido para engrandecer a Teresa. «La Transverberación no fue un privilegio para admirar a Teresa. Fue una misión», ha señalado el Provincial. A partir de su encuentro profundo con Dios, toda su existencia quedó orientada a que Cristo fuera conocido, amado y servido.
Una llamada para nuestro tiempo
La homilía ha trasladado también la experiencia teresiana a la realidad contemporánea. Frente a una sociedad caracterizada por la dispersión y la sobreabundancia de estímulos, el P. Francisco Sánchez Oreja ha advertido del riesgo de tener «mucha información y poca interioridad, muchas palabras y poco silencio, muchas emociones y poca profundidad, muchas conexiones digitales y poca comunión verdadera».
Ante esta realidad, Santa Teresa recuerda que la vida cristiana no consiste simplemente en hablar de Dios, sino en dejarse tocar y transformar por Él. El Provincial ha recuperado en este punto una de las enseñanzas fundamentales de la Santa: «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho».
El valor de la vida contemplativa
El P. Francisco Sánchez Oreja ha dirigido unas palabras especiales a las Carmelitas Descalzas de la Encarnación, recordándoles el valor que su vocación continúa teniendo para la Iglesia y para el mundo.
«El mundo necesita vuestro silencio. Necesita vuestra oración. Necesita vuestra fidelidad escondida», ha afirmado, destacando que, frente a una sociedad que mide frecuentemente el valor de las personas por la eficacia y la visibilidad, la vida contemplativa proclama la centralidad de Dios.
El Provincial ha recordado igualmente que Teresa no reformó el Carmelo para hacerlo «más eficiente», sino «para hacerlo más evangélico», creando comunidades en las que Cristo estuviera verdaderamente en el centro.
«Todos estamos llamados a una cierta transverberación»
La experiencia de Teresa, ha explicado, tampoco puede quedar encerrada en los monasterios. Todo cristiano está llamado, de una manera ordinaria y sin necesidad de fenómenos extraordinarios, a permitir que Dios atraviese y transforme su existencia.
«Que la Eucaristía atraviese nuestra indiferencia. Que el perdón atraviese nuestros resentimientos. Que la caridad atraviese nuestro egoísmo. Que la esperanza atraviese nuestros miedos», ha pedido.
El P. Francisco Sánchez Oreja ha concluido regresando a la pregunta del Evangelio y situándola precisamente en el lugar donde Teresa aprendió a responderla con toda su existencia: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
«El mayor milagro de la Transverberación no fue un dardo de fuego. El mayor milagro fue que una mujer dejó que Dios la amara hasta el fondo. Y desde entonces, su corazón sigue encendiendo el corazón de la Iglesia», ha concluido.
El decenario continuará en el Monasterio de la Encarnación hasta el próximo 26 de agosto, fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús.

