El 27 de septiembre de 1970 quedó grabado como una fecha histórica para el Carmelo y para toda la Iglesia. En la basílica de San Pedro, el papa san Pablo VI proclamaba a Santa Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia Universal. Por primera vez una mujer recibía oficialmente este título, con el que la Iglesia reconocía no solo la santidad de Teresa, sino también la profundidad y vigencia de su enseñanza espiritual.
Han pasado 56 años desde aquella jornada y, sin embargo, el magisterio teresiano conserva una sorprendente actualidad. Teresa continúa acompañando a quienes desean aprender a orar, entrar en su propia interioridad y descubrir una relación con Dios que no aleja de la vida, sino que ayuda a vivirla con mayor verdad.
Pablo VI lo expresó con claridad en aquella celebración. Presentó a Teresa como una mujer excepcional, reformadora, fundadora, escritora, maestra de vida espiritual y contemplativa profundamente activa. Pero quiso señalar especialmente aquello que su doctorado entregaba nuevamente a toda la Iglesia: «el mensaje de la oración».
Teresa había aprendido esa oración viviéndola. No construyó un sistema reservado para especialistas. Habló desde su propia experiencia de búsqueda, amistad, caídas, perseverancia y encuentro con Dios. Por eso, cuatro siglos después de su muerte, la Iglesia reconocía solemnemente en ella una verdadera maestra de la vida cristiana.
La carta apostólica Multiformis Sapientia Dei, promulgada aquel mismo 27 de septiembre, reconocía expresamente su conocimiento y enseñanza de las cosas divinas y la declaraba primera mujer Doctora de la Iglesia. La intuición era profundamente teresiana: aquello que comenzó en la experiencia personal de una mujer del siglo XVI se había convertido en patrimonio espiritual para toda la Iglesia.
Celebrar hoy aquel acontecimiento no consiste únicamente en recordar un título. Significa volver a escuchar a Teresa. En un tiempo marcado por las prisas, el ruido y la dispersión, su invitación a entrar dentro de nosotros mismos y encontrarnos allí con Dios conserva toda su fuerza.
Cincuenta y seis años después, Teresa continúa enseñando. Continúa siendo maestra. Continúa invitándonos a hacer de la oración una amistad capaz de transformar la vida.

