Hace 25 años, Rwanda era noticia por los episodios finales de una guerra empezada en 1990: las masacres de cientos de miles de tutsis (entre 500.000 y 800.000), el exilio de dos millones y medio de hutus a los países vecinos, y la muerte de cerca de 100.000 de ellos en Goma, por agotamiento y una epidemia de cólera, conmocionaron al mundo.
Ahora que vuelve la memoria de esos acontecimientos, vale la pena recordar la presencia de religiosos y misioneros en Rwanda que, en aquella situación límite, hicieron de la Iglesia, literalmente, un “hospital de campaña”: para, en primer lugar, intentar proteger a los tutsis perseguidos, y después acoger y atender a los refugiados hutus. Su labor mereció el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.
Junto a ellos, en el Congo, hubo también un puñado de carmelitas descalzos: la comunidad de Goma-Katindo, que primero acogió a muchos religiosos cuando salían de Rwanda, y después recibió a varios millares de refugiados, a los que procuró atender durante meses. Allí estuvieron (entre otros) los PP. Luis Hernández Bueno, Celedonio Allende, Juan Jesús Sánchez, José Guarionex, Gabriel Serrano… De aquéllas, era allí postulante Paluku Jerôme (actual Secretario de Misiones de la Orden), mientras que Miguel Gutiérrez estaba en Bukavu, también en la frontera. El convento de Katindo se convirtió, durante cerca de dos años, en la base de Cáritas-España, que junto a otras ONG se esforzaba por atender al millón y medio de refugiados emplazados en los alrededores de aquella pequeña ciudad fronteriza. Fue una comunidad intercongregacional, con presencia de Hermanas Carmelitas (“de Orihuela”), Carmelitas Misioneras Teresianas, Carmelitas Misioneras, Hermanas de la Caridad de Santa Ana, una Misionera de Ntra Sra. de África, un religioso del Sagrado Corazón, seglares… Es mucho lo que merecería contarse de aquel tiempo: miedos y sufrimientos, fraternidad y alegrías, trabajo y esperanza, preocupación por la gente y encuentro con Dios…
Y para nosotros, hoy, tal vez, una invitación: acoger y seguir a Cristo siempre, y “en la frontera”.
Antonio González López
