Cada 24 de abril la Iglesia recuerda un momento decisivo en la historia del Carmelo y de la espiritualidad universal: la beatificación de Santa Teresa de Jesús. Fue en 1614, apenas treinta y dos años después de su muerte, cuando el papa Pablo V reconocía oficialmente la santidad de aquella mujer que había revolucionado la vida religiosa de su tiempo con una propuesta tan sencilla como exigente: volver a lo esencial, a la amistad con Dios. La beatificación de Teresa no fue un hecho aislado ni inesperado. Desde su muerte en 1582, su figura había crecido con una fuerza poco común. Sus escritos circulaban ampliamente, sus fundaciones seguían vivas y quienes la habían conocido hablaban de ella como de una mujer profundamente tocada por Dios. Su reforma del Carmelo, iniciada con la fundación de San José de Ávila, había abierto un camino nuevo dentro de la Iglesia: comunidades más sencillas, centradas en la oración, en la fraternidad y en la pobreza evangélica. Ese testimonio, unido a su profunda experiencia mística, hizo que su causa avanzara con rapidez. La beatificación...