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Hay una pregunta que atraviesa la historia de la humanidad y que, de una u otra forma, todos terminamos haciéndonos: ¿cómo vivir sin que el miedo gobierne nuestra vida? Miedo a equivocarnos. Miedo al futuro. Miedo a perder lo que amamos. Miedo al fracaso, al rechazo, a la enfermedad, a la soledad. El miedo forma parte de la condición humana y Santa Teresa de Jesús nunca pretendió negarlo. Lo conoció demasiado bien como para ofrecer respuestas ingenuas. Lo verdaderamente sorprendente es que, a pesar de todas las razones que tuvo para temer, decidió no dejar que el miedo dirigiera su existencia. Cuando uno recorre su biografía resulta difícil encontrar una etapa tranquila. Enfermedades que pusieron en peligro su vida, incomprensiones dentro y fuera de la Iglesia, continuas dificultades económicas, viajes interminables por caminos inseguros, sospechas sobre su experiencia espiritual, conflictos con autoridades civiles y religiosas... Humanamente hablando, Teresa tenía motivos de sobra para vivir paralizada. Pero nunca lo hizo. No porque fuera una mujer intrépida por...