Tras recordar quién es realmente Jesús, lo que no viene nada mal, siempre, pero especialmente en los tiempos que vivimos, el domingo pasado, reiniciamos nuestro camino celebrativo con Él. El Evangelio subrayaba, una vez más, que el ministerio, la Misión de Jesús, continúa la de Juan el Bautista donde este la tuvo que dejar y que, de entrada, hace que continúe encendida la luz de la presencia y gracia de Dios en las tierras de Galilea, lugar de mezcla, de mestizaje (como se dice ahora), de encuentro entre Israel y el paganismo circundante y, sobre todo, lugar de manifestación de la Palabra y la obra definitiva de Dios, como Juan había predicho. Se trataba, decía la primera lectura, de un eco de la profecía de Isaías: en esa tierra de paso, lugar tradicional de marcha de los ejércitos de Egipto a Siria y viceversa, espacio para las tinieblas y la desesperanza, ha brillado una luz. Ya apareció con Juan, que explicaba su misión en referencia a este texto y otros de Isaías, y ahora brilla otra vez. Jesús comienza su obra diciendo lo mismo que hacía el Bautista (y quizá también bautizando, aunque el evangelista no dice nada): ‘convertíos porque está cerca el reino de los cielos’. Los que lo escuchan ya no acogen solo un bautismo de agua (si es que lo seguían haciendo) sino a Aquél a quien ha enviado Dios, en persona, para que se cumplan, desde ahora y para siempre, sus promesas. Jesús pide la conversión definitiva, esta vez. Abrirse a Él, escucharle, seguirle obedeciendo su llamada es entrar en la nueva alianza que se está construyendo y que Jesús dejará cumplida aunque aún en proceso tras su muerte y resurrección. No hay que esperar más, no hay que volverse hacia el corazón de la alianza de Israel, hacia los propios compromisos, sino abrirse a la novedad que es Jesús, el cordero de Dios. Por eso, Él no se anda con ambigüedades sino que se lanza a llamar a quienes sabe son elegidos por el mismo Dios para ayudarle y para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Juan no hizo discípulos, aunque los tuvo; muchos de los que iban y venían no encontraron mejor camino que quedarse con él y ayudarle, pero Jesús busca su propia ayuda. En su contexto histórico y vital, en esa Galilea donde se ha criado y donde hay, literalmente, de todo, recorre la orilla del lago de Genesaret, se fija en algunos jóvenes y los llama para irse detrás de Él. Y ya les indica el corazón de su Misión, que no es sino la suya: Él es el cordero de Dios que ha venido a cargar y destruir el pecado del mundo y ellos serán “pescadores de hombres”. La expresión, basada en la que ahora su profesión y su vida hasta ese momento –eran pescadores en la barca con sus padres y familia–, les revela que, desde ahora, desde que le siguen, todo lo que hagan y digan en comunión con Él, será también un rescate de personas, de almas que, de otro modo, se perderían en el mar proceloso del mundo y la historia de mal y pecado que arrastra a la humanidad entera. Se ha subrayado el hecho de que llame, precisamente, a dos parejas de hermanos, como señalando que, aunque llamados personalmente, el corazón de la iglesia, del nuevo pueblo de Dios, será la relación fraterna: la comunidad de Jesús lo será de hermanos y hermanas. También, desde el principio, se señala la novedad de lo que Jesús está comenzando: los llamados tienen que abandonar su familia, pues seguir a Jesús no es una afición ni una dedicación para los tiempos libres, y volver a definir su vida desde esta base. Y también, desde el mismo comienzo, se subraya que le acompañan en su Misión y le ayudan de la manera que iban pudiendo, como nosotros, entre luces y sombras. Mientras Jesús sigue recorriendo las iglesias y el mundo entero, proclamando y haciendo realidad el Evangelio, nuestra principal preocupación es sostener, por nuestra parte, la comunión con Él, para poder vivir esta conversión, esta Buena Noticia. Sin hacerlo nuestro, es imposible transmitirlo a nadie.

