“Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?”

7 febr. 2026 | Aventuremos la Vida, Evangeli Dominical

Hoy el Evangelio nos deja otro fragmento del primer gran Sermón de Jesús en san Mateo, el de las Bienaventuranzas o de la Montaña. La fórmula solemne usada por el evangelista para introducirlo y la concisión y grandeza de las Bienaventuranzas ya nos ponía sobre aviso acerca de la importancia de estas palabras de Jesús. Como dijimos, las Bienaventuranzas proclaman la irrupción del reino de los cielos en nuestra realidad en la persona misma de quien las proclama. Todo ha cambiado y las promesas de Dios se están convirtiendo, desde ya, en realidades, es decir, nuestra vida se va transformando, desde dentro, en vida bienaventurada. También dijimos que se trata de la única, propia y verdadera revolución que hemos conocido como hombres: cuando el Hijo de Dios se hizo hombre y ya entre nosotros se “arremangó” para limpiar y renovar todo lo que en nuestra naturaleza estaba roto, sucio, desviado de su verdadera meta que no ha sido siempre el compartir la vida de Dios. Este cambio radical que tenemos que sostener con y en nuestra vida (convirtiéndonos, es decir, profundizando en que somos pobres en el espíritu) nos hace entender mejor la enseñanza que sigue como las palabras de hoy. Unidos vitalmente a Jesús, Él dice que los cristianos somos ‘sal’ y también ‘luz’. La Misión de Jesús abarca el mundo entero y todos los tiempos y esta es la primera indicación que da el Evangelio de que la comparte con nosotros y que así, como creyentes, tenemos que hacernos presentes en el mundo, siendo luz y también sal. Una y otra imagen quieren reflejar la acción y la presencia de Jesús, del reino de los cielos, en nuestra realidad concreta, cómo la iglesia entera manifiesta claramente con su predicación y su entrega que la “revolución” de Jesús sigue tan presente como cuando pronunció estas palabras. Primero, los creyentes somos ya ‘luz’ porque Jesús es la Luz del Mundo (Jn 8,12); también somos ‘sal’, que sabemos que era un elemento esencial del mundo antiguo, para dar sabor y, sobre todo, para conservar los alimentos. Antes era uno de los pocos “conservantes” y hasta las ofrendas en el templo se tenían que sazonar con ella (cfr. Lv 2,13). Significa así que los pactos duran y se tienen que mantener, especialmente la Alianza. De hecho, la sal también purifica y sana (cfr. 2Re 2,29-22) especialmente el agua, fuente y sustento de la vida. El mensaje, pues, es claro: nuestra misión como cristianos es sostener con nuestras vidas la Alianza, especialmente la nueva, la establecida en Cristo y desde ahí ayudar a limpiar, purificar, aportar verdad y limpieza en un mundo y una humanidad que aparecen cada vez más oscuras, más sucias, casi dependiendo absolutamente de lo temporal y más mundano. Por todas partes parece que no se nos propone más ejemplo que disfrutar todo lo que podamos y por los todos los medios, sin mirar más, de las cosas que podamos atrapar en este mundo. Solo importa lo que cada uno pueda vivir, experimentar, atrapar. Por eso es importante iluminar con la Luz que es Cristo y que reflejamos cada uno con palabras y vida: lo que tenemos delante no es lo último, el reino de los cielos está aquí y trabaja con nosotros. Nos proporciona asiento y fidelidad en esta vida, a Dios, pero también a nuestra familia, amigos, compromisos pero también nos señala que lo que alcanzamos aquí no es lo decisivo, que nuestra meta, nuestro futuro, nuestro final está más allá, con Cristo mismo compartiendo la misma vida de Dios. Jesús también nos advierte de cómo nos tenemos que mantener en esta verdad, en la comunión viva con Él, porque si no, no serviremos de nada (si no “servimos”, entonces nos servimos). Si la sal pierde su condición de “salar”, no hay nada que le devuelva su ser y su uso. La sal no es nada si no sala, si no afecta a los alimentos, a la realidad, a la vida. Tampoco tiene sentido ocultar la luz o la ciudad o realidad ya puesta en lo alto; si se hace, también se pierde su sentido o naturaleza que es iluminar, servir de guía, orientar hacia lo que le hace iluminar que es la presencia misteriosa pero real de Cristo. Hoy día estas palabras nos tocan especialmente cerca. El mayor problema de nuestra iglesia no es que no se acerque al mundo, o que se acerque demasiado (aunque ambas cosas se tienen que discutir) sino que como sal vamos perdiendo, con la fe, la capacidad de conservar, purificar, limpiar, que por más que nos mostremos, estamos en peligro de ocultar nuestra verdadera luz o su origen y parece que buscamos encender la lámpara en otras “luces”, que, además, ya no tienen aceite o cuya energía se está apagando porque viene de este mundo y sus realidades temporales. Reconozcamos el problema y reafirmemos nuestra comunión con Cristo en la oración, la vida sacramental y, sobre todo, guardando de verdad y cada día sus mandamientos de amor y servicio.