Comenzamos hoy a revivir, paso a paso, el corazón de nuestra fe: que Jesús cumplió su Misión y su vida en los días santos y terribles de su Pasión, Muerte y Resurrección. Todo lo que había vivido y enseñado lo llevó a su plenitud asumiendo el final de su existencia terrena y convirtiéndolo en la entrega libre de su vida de hombre a Dios para manifestar que cumplía la voluntad de Aquel a quien había llamado siempre su Padre. Así, toda su enseñanza, tan luminosa para casi todos, incluso para quienes no creen, y todos los hechos de su vida hubiesen quedado como a medias, si no se hubiesen completado estos días como lo hicieron. Se hubiese tratado de uno de tantos intentos de renovación y restauración de la condición humana que no han llegado a nada al final, quedando solo como una hermosa historia, un símbolo, una señal de que Dios realmente desea salvarnos pero aún no ha hallado cómo. Hoy, la primera lectura, nos recuerda cuál era el modo elegido por el mismo Dios, y podemos pensar, con toda humildad, que si a Dios no se le ocurrió otra manera es que verdaderamente no lo hay. El Salvador, el enviado por Dios para esta tarea esencial debe ser un discípulo, esto es, alguien dispuesto a aprender y acercarse así a la realidad por redimir; debe aprender del sufrimiento y de quienes sufren, solo así se hará discípulo de la realidad que ha de cambiar. También había de ser alguien que sufriese y soportarse ese mismo sufrimiento de los hombres que no alcanzan su meta y a causa de ellos: el Salvador es un Siervo que no esconde ante los ultrajes y el mal, al contrario, les ofrece su rostro y su cuerpo, sabiendo que no será abandonado nunca por Dios. Este texto nos ayuda a entender la actitud de Jesús durante su Pasión: no esquiva el desprecio ni el sufrimiento, haciéndose solidario con los hombres, todos, y con los pecadores ni deja de decir y manifestar la verdad. A lo largo del texto vamos contemplando la realidad desde la tierra –la traición, los ultrajes y sufrimientos que le hacen padecer hasta su cruenta muerte– y desde el cielo, cómo se va cumpliendo esa misteriosa voluntad de Dios que tiene por objeto redimir nuestra alma y nuestro cuerpo, resucitar nuestra vida por entero. Nos podemos quedar con dos momentos, uno casi al comienzo y otro al final, que son anuncio y cumplimiento de la Misión de Jesús. Apenas cumplida la traición de Judas, Jesús se reunió con él y con los demás discípulos para su Última Cena. En aquel banquete memorable dijo e hizo cosas que solo se iban a entender a la luz de los acontecimientos posteriores y que le daban todo su sentido. En aquella cena de pascua o de despedida, ambas en realidad, Jesús identificó el pan con la entrega de su cuerpo que moriría y se repartiría entre quienes le seguimos; también esa copa de vino que sería su sangre y, a la vez, la nueva alianza (no hay alianza con Dios que no se haya derramando sangre, esto es, derrochando vida). Pan y Vino por separado, como se iban a separar su Cuerpo y su Alma, su misma vida en el sacrificio que fue y sigue siendo su entrega. Y que es precisamente lo que se cumple en las torturas y sufrimientos que sufre y, sobre todo, en la Cruz. Es allí arriba, elevado a la vista de todos, donde entrega cuerpo y sangre al Padre y por nosotros. Allí arriba, Jesús no llama a Elías, desesperado, como tantos moribundos, sino que ora al Padre como Hijo y como hombre, como el último, y a la vez, el primero de los creyentes: ¿por qué me has abandonado?. Ora a Dios como tantos, como nosotros: ¿por qué nos abandonas? ¿por qué todo y todos están en nuestra contra y tu ni te das cuenta? Esta oración es el salmo 22 que describe con pelos y señales su sufrimiento per también su invencible fe y confianza: ¡contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!, ¡Él es mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan! El salmo es un canto a la fidelidad de Dios, una llamada a confiar en Él en la seguridad de que cumple sus promesas. En la tradición del templo, este salmo, al parecer, se completaba con un sacrificio de comunión donde se ofrecía a todos los presentes pan y vino. El mismo Pan y Vino que Jesús quiso que significasen, histórica y verdaderamente su entrega, y que lo siguen haciendo. En esta celebración, en esta Pascua, Él sigue presente, entregándose para que también cada uno nos podamos entregar, y encontrar ya aquí la Bienaventuranza y la vida eterna después.

