Si en Adviento recordamos y revivimos que nuestra fe, aunque bien plantada en este mundo y comprometida con su realidad concreta no tiene que dejar de mirar para arriba y para adelante, para recordar siempre que le paraíso que buscamos no estará nunca en este mundo sino en Dios mismo y la nueva ciudad que bajará del cielo, ahora en Cuaresma revivimos y recordamos que nuestra vida de fe es conversión continua, cambiar cada día y, sobre todo, dejarnos cambiar por la gracia misma de Cristo para ir liquidando lo que en cada uno quede de hombre viejo. Lo expresó muy bien y muy claro san Juan de la Cruz (2S 7,11) cuando fundamentó en Cristo la vida cristiana y el camino espiritual que “no consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior”. En fin, que si somos cristianos tenemos que saber y vivir a diario esa “viva muerte de cruz sensitiva y espiritual” que comienza y se asienta siempre en la conversión que, como nos recuerda hoy la Palabra, consiste siempre en la lucha con la tentación, que es el rastro que dejó en nuestra carne y herencia cultural y espiritual el pecado de los primeros padres (primera lectura). En primer lugar, que el que niegue la realidad de aquello o diga que se trata de un mito peregrino, que mire dentro de sí si no siente esos impulsos de insultar, hacer daño, hasta matar o mira todo lo que le rodea con codicia, como si en una justicia personal toda suya, todo eso debería pertenecerle. Como nos recordaba Jesús en el Sermón de la Montaña el domingo pasado, nuestra verdadera lucha espiritual es por lograr, gracias a Cristo, esta verdadera transformación interior que el Santo describía en tan pocas y acertadas palabras. En este intento, el creyente sabe que no está solo, que tiene de su parte a Cristo “amigo y compañero” fiel (Sta. Teresa) que bajó del cielo, se hizo hombre y amigo para compartir esta lucha con cada uno de nosotros. Y es por esto que el Evangelio nos contaba cómo, en el inicio mismo de su ministerio, se enfrentó a las tentaciones a las que nosotros estamos sometidos durante toda la vida. Porque la tentación es nuestra realidad cotidiana, nuestro problema, como dice la carta de Santiago, “a cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte” (1,14). Hombre entero, Jesús afrontó la tentación que afronta todo hombre y nos enseñó a rechazarla, a fiarnos de que Él ha venido y se ha quedado para que podamos vencer el mal y el pecado, comenzando por nuestra propia vida. Nos decía el Evangelio que Jesús es conducido al desierto por el Espíritu que guía su Humanidad para ser tentado, directamente. Como preparación, ayuna cuarenta días y cuarenta noches, como llamando al tentador a afrontarle. Y es, precisamente, cuando siente hambre, cuando el tentador entiende que está debilitado, que le afronta y le tienta. En primer lugar, sobre lo obvio: si eres el hijo de Dios, si tienes ese poder, no sigas teniendo hambre, convierte las piedras en panes. Jesús lo rechaza poniendo por delante del alimento del cuerpo, la Palabra de Dios, que es la que realmente nos sustenta. No somos hijos, ni Él lo sería, si desconfiamos de esta relación radical que por parte de Dios nunca se rompe. El tentador vuelve al ataque respecto a su Misión: quiere que arranque de Dios, su Padre, un milagro que le facilite la difícil tarea que Él mismo le ha encomendado; pero Jesús lo rechaza afirmando que a Dios no se le tienta, no se le fuerza, sino que se le obedece. Jesús tendrá todo lo necesario para la Misión porque le obedecerá hasta la muerte. En el tercer intento, el tentador deja caer cualquier máscara y le ofrece ya lo máximo: el poder y el dominio de los reinos de la tierra que cree tener a cambio, directamente, de que le adore a él y ya no a Dios. Jesús le rechaza de raíz entonces toda su pretensión por falsa en todos los sentidos: solo Dios merece esa adoración y solo adorándole Jesús llegará a ser el Rey soberano de todos los reinos y de todas las personas. Hoy, como entonces, el tentador quiere engañarnos respecto de lo que más nos importa: que rechacemos ser verdaderos hijos de Dios y hermanos, que son los que se alimentan de su Palabra, los que le obedecen de verdad, cada día, los que no quieren servirse a sí mismos sino a Dios y a los demás.

