El testimonio de Juan el Bautista, según el IV Evangelio, nos introduce en esta primera parte de “tiempo ordinario”, antes de la Cuaresma. Juan señaló, con toda la fuerza y última energía del Antiguo Testamento centrada en el testimonio de los profetas, a un judío entre todos los demás como el Enviado de Dios que había estado anunciando. No se quedó en las teorías, en un anuncio profético genérico que le hiciera quedar bien, sino que se comprometió y del todo -de un modo que le acabaría llevando al martirio como creemos los cristianos – designando a uno de los judíos comunes que había acudido, además, a recibir el bautismo de conversión que él mismo administraba. Y lo dice de un modo muy especial que nos tiene que hacer pensar y mucho: “este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Evangelista nos interpreta el pensamiento y sentir del Precursor reinterpretando el sentido de su bautismo: este que veis aquí, un judío como los demás, en apariencia, que se viene a bautizar también, aparentemente, para lavar sus pecados, es, en realidad, Aquél que lavará los nuestros, que quitará, que quita el pecado del mundo. Para muchos la expresión alude al Cordero pascual con quien Jesús se identifica, en cierto modo, en la Última Cena pero también se ha hecho notar que la alusión cuadra más con el cordero que diariamente se sacrificaba en el templo de Jerusalén, el sacrificio vespertino, y que la Ley refiere que debería hacerse a diario, so pena de atraer la ruina sobre Israel. Dicho cordero se tenía que sacrificar incluso el día de Pascua (se hacía entonces antes que el sacrificio de los corderos pascuales) porque era esencial ofrecer su sangre como expiación por los pecados del pueblo. Pues bien, lo que Juan estaría diciendo es que este hombre que todos contemplan y que han visto bautizarse es quien sustituirá a ese cordero que mantiene sustancialmente la comunión de la alianza entre Dios e Israel. Quizá por eso se ha bautizado, para asumir en sí los pecados de todos los que se habían bautizado en esa misma agua y poder redimirlos. Pero lo más importante es que Juan señala a este hombre concreto e histórico, haciéndonos ver que su persona y su figura trascenderán ese momento para llegar hasta nosotros y librarnos, también, de nuestro pecado del mundo. Juan lo señala y lo identifica con Aquél a quien él había anunciado como culminación de las promesas de Dios: este viene detrás de mí, históricamente, soy su precursor, pero Él estaba ahí antes que yo. Frase enigmática que solo se puede entender a la luz del prólogo de este mismo Evangelio que leímos en Navidad. Y dice más: toda su vida y ministerio han tenido como objetivo este momento: señalar y manifestar que está aquí ya el cordero de Dios. Y Juan da su último testimonio oral (dará el último realmente cuando entregue su vida en el martirio) afirmando que en Jesús se cumple todo lo que le ha sido manifestado a él como último y más grande de los profetas (como afirmó el mismo Jesús): el Elegido, el Hijo amado y predilecto de Dios Padre es Aquél sobre quien ha bajado el Espíritu y se ha posado, es decir, se ha quedado ahí porque era su lugar, su casa. Es el Dios Trinidad quien se manifiesta aquí: el Padre que inspira al profeta, el Espíritu que lo señala con su descenso en este hombre concreto y lo manifiesta como Hijo de Dios. Aquí comienza la Misión terrena del Hijo (oficialmente) que estamos invitados a seguir desde la primera fila como sus discípulos, como aquellos que han aceptado este testimonio y han reconocido en Él al cordero de Dios que nos ha librado del pecado y nos ha abierto el camino de nuestra verdadera transformación.

