Cuando pensamos en San Juan de la Cruz, solemos acudir a sus grandes obras doctrinales o a su poesía mística. Sin embargo, hay un lugar privilegiado donde se revela con especial claridad su corazón de pastor y su sabiduría como acompañante espiritual: sus cartas. El Epistolario de San Juan no es un complemento menor de su obra, sino una ventana directa a su modo de guiar, consolar y educar el alma en el camino hacia Dios.
San Juan escribe a monjas, religiosos, laicos, mujeres y hombres concretos, con nombre y situación propia. No ofrece teorías abstractas, sino palabras nacidas del trato personal, de la escucha atenta y de la experiencia compartida del sufrimiento y del deseo de Dios. En sus cartas se percibe a un hombre profundamente libre, capaz de unir firmeza y ternura, exigencia y misericordia.
Como director espiritual, San Juan tiene una intuición fundamental: Dios es el verdadero maestro del alma, y el acompañante no debe ocupar su lugar. Por eso, lejos de crear dependencias, conduce siempre a la interioridad, al silencio y a la confianza. Repite con frecuencia que no hacen falta muchas palabras ni muchas consultas, sino “callar y obrar”, dejar espacio a Dios para que actúe. Para él, hablar de más distrae; el silencio, en cambio, fortalece el espíritu.
Una de las constantes de su dirección espiritual es la lucha contra el escrúpulo, el miedo y la excesiva introspección. San Juan acompaña a muchas almas heridas por la inseguridad interior, por la sensación de no estar nunca a la altura. A ellas les insiste en algo decisivo: no mirarse tanto a sí mismas y fiarse más de Dios. La obsesión por el propio estado espiritual no es señal de humildad, sino muchas veces un obstáculo para la paz. Vivir en fe y esperanza, aunque sea “a oscuras”, es ya un gran avance.
El director San Juan conoce bien la noche interior. No se escandaliza de la sequedad, de la pobreza espiritual ni del vacío. Al contrario, ayuda a leer estas experiencias como lugares de crecimiento. En sus cartas aparece una pedagogía paciente: no huir del desamparo, no buscar consuelos artificiales, no medir a Dios con la propia capacidad. La noche, vivida con confianza, se convierte en espacio de verdad.
Otro rasgo muy marcado de su acompañamiento es la centralidad del desasimiento. San Juan no cede en este punto, pero lo propone siempre con realismo y misericordia. Desasirse no es despreciar, sino ordenar el corazón. Insiste en que el alma solo puede llenarse de Dios cuando aprende a no agarrarse a nada, ni siquiera a los gustos espirituales. Esta enseñanza, repetida en sus obras mayores, adquiere en las cartas un tono cercano y práctico, adaptado a la vida concreta de quienes acompaña.
Como buen director espiritual, San Juan no separa nunca la vida interior de la vida cotidiana. Aconseja sobre obediencia, pobreza, gobierno de comunidades, relaciones humanas, salud corporal y descanso. Sabe que la gracia no actúa en el vacío, sino en personas reales, con límites y cansancio. Por eso su dirección es profundamente encarnada: invita a la santidad posible, no a ideales irreales.
También destaca su insistencia en la caridad concreta, especialmente hacia quienes contradicen o hacen sufrir. Para San Juan, amar al que no ama es un lugar privilegiado de transformación interior. En este punto, su dirección espiritual se vuelve claramente evangélica: el amor no es sentimiento, sino decisión sostenida en la fe.
El epistolario revela, en definitiva, a un San Juan cercano, humano, profundamente compasivo y, al mismo tiempo, radical en lo esencial. No busca almas perfectas, sino almas verdaderas. No promete caminos fáciles, pero ofrece una certeza firme: Dios conduce personalmente a quien se deja conducir.
Leer hoy las cartas de San Juan de la Cruz es dejarnos acompañar por un maestro que no impone, sino que orienta; que no sustituye a Dios, sino que nos devuelve a Él. En un tiempo de ruido, prisas y sobreabundancia de consejos, su palabra sigue siendo sorprendentemente actual: menos apoyos, más confianza; menos control, más abandono; menos hablar, más amar.
Aventuremos la vida con San Juan de la Cruz, aprendiendo de su epistolario a acompañar y a dejarnos acompañar, sabiendo que el verdadero guía del alma es siempre Dios, que habla en el silencio y conduce con amor firme y paciente.
Juan M. Borrego

