Con motivo de la reciente publicación del libro Edith Stein: Cristo el centro de mi vida, el carmelita descalzo P. Ezequiel García Rojo, OCD, prior del convento de La Santa en Ávila, nos ofrece una mirada profunda a la figura de Teresa Benedicta de la Cruz y a la centralidad de Cristo en su vida y en su pensamiento. Conversamos con el autor para adentrarnos en las claves de esta obra y en la actualidad del mensaje espiritual de Edith Stein.
1. ¿Cómo nace este libro y qué le llevó personalmente a adentrarse en la figura de Edith Stein?
El libro surge ante la propuesta de ofrecer un curso intensivo sobre la espiritualidad cristológica de Edith Steinen la Universidad de la Mística (Cites-Ávila). Se trata de una temática de fuerte impacto personal en la vida y en los estudios de esta mujer. Y aunque no viene afrontadoespecíficamente en su amplio y variado legado, algún título goza de interés cristológico, como no podía ser menos.
El Carmelo descalzo dispone de un rico patrimonio espiritual, y como miembro de dicha Orden, además de beneficiarme del mismo, merece la pena profundizar en alguna de las figuras que conforman dicho patrimonio. Desde mis estudios de teología, me interesé por conocer y dar a conocer la vida y la obra de un personaje moderno del Carmelo, como es Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz.
En rigor, el texto steiniano no dice Cristo en el centro de mi vida. Esta pensadora, dotada de inteligencia reflexiva,elige bien sus palabras: Cristo el centro de mi vida, con lo que quiere expresar una realidad más profunda; porque está en juego nada más y nada menos que ella misma, su vida. En la concepción steiniana, Cristo no está en un lugar ocupando un espacio importante de su existir, cual objeto a ubicar. No, Cristo es el centro de su vida; hay una identificación entre dos personas que se entregan mutuamente. Podría simplificarse la fórmula a: Cristo es mi vida, o Mi vida es Cristo. Conviene no olvidar que estamos ante una confesión proveniente de una mujer judía, perteneciente a un pueblo, para quien el Hijo de Dios venido a este mundo constituye todo un escándalo, siendo rechazado por impostor.
3. Aunque no se la reconoce oficialmente como teóloga, usted muestra su profundidad cristológica. ¿Qué aporta Edith Stein a la comprensión de Cristo hoy?
Edith Stein es una gran pensadora, y lo fue toda su vida; y así queda reflejado en cuanto escribe. Este espíritu está latente a la hora de afrontar cualquier problema o cuestión que juzga interesante. Efectivamente, no frecuentó ninguna facultad de teología, pero sus inquietudes intelectuales se orientaron a los más diversos campos del saber. Como oriunda de un pueblo de larga tradición religiosa, la cuestión de Dios aparece con cierta frecuencia tanto en sus escritos autobiográficos como en sus textos especulativos, incluidos en los netamente filosóficos,elaborados con anterioridad a la conversión. También el personaje de Cristo, atrajo su atención ya en la etapa universitaria, adquiriendo un creciente protagonismo hasta culminar con el ingreso en la iglesia católica. Curiosamente, se constata ya en esta época una predilección por el Hijo de Dios hecho hombre, con especial atención a su vinculación al misterio de la cruz.
Al acercarnos a esta mujer, se descubre la riqueza que desprende su personalidad, así como la diversidad de temas que compone su legado. Para quien se interesa por Edith Stein salta a la vista la coherencia entre persona y obra, entre el modo de vivir y el modo de pensar. Ella misma dirá que los escritos son el resultado de lo que le ha preocupado en la vida. Esto explica que sus estudios respondan primordialmente a un interés antropológico; el ser humano, es decir, ella misma, constituye el gran objeto de la abundante producción steiniana. Las diferentes obras de que disponemos, no dejan de ser variaciones enriquecedoras sobre el mismo tema: ese ser, a la vez misterioso y sugestivo, que somos cada uno de nosotros.
Puede decirse que Edith Stein es filósofa por necesidad. Ya desde muy joven una meta actuó de fuerza poderosa sobre su espíritu: la búsqueda de la verdad. Pero no la verdad conclusión final de un razonamiento riguroso o el resultado inapelable de una demostración científica. La verdad que interpelaba a esta mujer es la verdad de sí misma; es decir, aspira hallar un sentido de su existencia en este mundo. La alta autoestima de que siempre gozó, le impide conformarse con dejar pasar el tiempo, amoldarse a lo que otros decidan, o sucumbir al eterno retorno de lo mismo. Y en el afán por buscar claridad para su espíritu, le salen al paso textos y testimonios que descorren horizontes dignos de ser tenidos en cuenta. La cuestión de Dios vendrá considerada como aliada oportuna para comprender mejor al ser humano, y, en consecuencia, a sí misma. Elemento importante en su aproximación a Cristo será el testimonio de las personas cristianas que le interpelan, ante las que no puede pasar de largo.
Sabemos que Edith Stein vivió en un contexto religioso, político, cultural muy complejo. Le correspondió un momento histórico de consecuencias trágicas, del que se sintió protagonista. Como amante de la historia y lectora de los signos de los tiempos, supo advertir y denunciar lo que el ser humano se jugaba en momentos tan críticos. Ella comprendió y probó en sus carnes a dónde conducenciertos posicionamientos del ser humano, cuando se arroga superioridad moral, social, cultural, racial. Cuando la verdad y dignidad de la persona, se supeditan a intereses bastardos de diversa índole, y el hombre actúa como si Dios no existiese, la tragedia resulta inevitable. En medio de este espíritu dominante en su entorno, Edith Stein, con su sentido de responsabilidad social, adoptó como lema ya desde joven: Estamos en el mundo para servir a la humanidad. Frente a tanto egoísmo, tanta falsedad einsolidaridad reinantes en nuestros días, la mirada abierta y generosa de esta mujer puede ser este un buen antídoto ante los males que aquejan a nuestras sociedades.
No podemos separar a la persona de su vivir. La búsqueda ineludible de la verdad en la que se embarcó Edith Stein, afectó no solo al ámbito intelectual; en la empresa se vio comprometido también el corazón, la voluntad. Una inquietud de hondo calado personal no se sacia sino con el encuentro iluminador con otra persona. Se esforzó porhallar sosiego y claridad en su anhelo por dar respuesta a interrogantes pujantes en su interior. Fue el encuentro con el testimonio seductor de Teresa de Jesús quien puso fin a su larga búsqueda de la verdad. En el capítulo 40 del Libro de la Vida, pudo leer la filósofa hebrea, que Dios es la Verdad, y que todas las demás verdades proceden de ella. La seducción que ejerció el texto teresiano se traducirá en seguir a Cristo bajo los auspicios y aliento de tan singular maestra del espíritu, como es Teresa de Jesús. Su vocación cristiana correrá paralela a su vocación carmelitana.
Dado el tiempo en que le correspondió vivir, llama la atención su concepción de la Iglesia, al postular una visión amplia y generosa de la misma. Así, ante la muerte inminente de su querido profesor Edmund Husserl, bautizado en la iglesia protestante, comunica a una amiga: “He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible”. A pesar de las luces y sombras que acompañan el devenir eclesial, comunicará que la Iglesia de Cristo es mi patria. Una Iglesia depositaria de dones y riquezas espirituales, pero también con una misión a realizar inserta en la historia de la humanidad. A destacar la consideración steiniana ante posturas un tanto inamovibles en ciertos sectores: la Iglesia tiene una historia, de manera que -según su perspectiva humana- también ella, como todo lo humano, está sujeta de entrada a evolución, y que esta evolución frecuentemente se lleva adelante también con luchas.
Un dato puede ayudar a entender el lugar preferente de la cruz en la vida y espiritualidad de Edith Stein. Nació en una fecha significativa del calendario litúrgico hebreo: fiesta de la Reconciliación (Yom-Kippur). Un día santo y grande era el día de la Reconciliación. Esta fiesta hallará su sentido pleno en el primer Viernes santo, con Cristo muerto en cruz por amor al hombre. Cristo encarnando, muerto y resucitado, será el gran protagonista de toda su experiencia religiosa; Cristo y su cruz, escándalo para los judíos de todas las épocas. Desde la perspectiva privilegiada que otorga la cruz, esta filósofa obtiene una visión novedosa de la humanidad, de sí misma, pero también del misterio de un Dios que nos amó hasta el extremo, cuya expresión más elocuente es la muerte en cruz. Como cristiana y carmelita descalza se consideró vocacionada a seguir a Cristo bajo el signo de la cruz; no el balde eligió como apellido religioso ‘de la Cruz’, siendo consciente de lo que implica haberse esposado con Cristo bajo el signo de la cruz. Su testamento espiritual tiene como referencia la exigencia de la cruz del evangelio a la luz de Juan de la Cruz que profesó siendo ya Teresa Benedicta de la Cruz; pero también la realidad de la cruz que cargó sobre sí en nombre de todos en la persecución del pueblo judío por parte del régimen nazi. Expresará, a la par que redacta el último escrito: Estoy contenta con todo. Una ‘scientia crucis’ sólo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz. De esto estaba convencida desde el primer momento, y de corazón he dicho: ¡Ave Crux, spes unica!”
Estuvo convencida de que no hay cruz perdida, ni contrariedad sin sentido; el motivo radica en que el sufrimiento soportado en unión con el Señor es su sufrimiento, insertado en la gran obra de la redención y, por eso, fructífero. Este es un pensamiento fundamental de toda vida religiosa, pero especialmente de la vida del Carmelo.
Teresa de Jesús será su gran mentora espiritual. Conocer a la santa abulense supuso decidirse por Cristo en la versión católica. La doctora carmelita enseñó a la doctora en filosofía, que la razón humana ha de superar la prueba de la humildad para alcanzar la verdad del hombre y de Dios;la mística fundadora le hizo ver que lo importante no es saber mucho sino amar mucho. En realidad, la carmelitacastellana mostró con sus artes seductoras a la filósofa alemana, por una parte, una noción del Dios revelado en Jesucristo, impensable en la tradición hebrea, y, por otra, la riqueza interior que todo hombre posee y que ignora, para su desgracia: el castillo interior, cual morada del mismo Dios. La maestra de espíritu le mostró cómo es posible y beneficioso el entendimiento entre ambos sujetosmediante el camino de la oración; ese trato de amistad, hasta alcanzar la cima de la unión mística; y que Edith Stein nos lo traduce en la fórmula: Cristo es el centro de mi vida.
El libro trata de constatar a la luz de los grandes místicos carmelitas –y Edith Stein bebe de los mismos–, que la fe del cristiano de todos los tiempos se fundamenta en Cristo, cual Palabra que revela el ser y el plan salvífico del Padre.El avance en la vida cristiana se ha de medir por el seguimiento y el progresivo encuentro con la persona de Cristo. A este fin han de conducir las prácticas religiosas, sacramentales, las virtudes, etc., a que Cristo se constituya en el centro de la vida del creyente.
Reporto un texto del último escrito steiniano, Ciencia de la Cruz, de fuerte impronta paulina, que bien puede expresar una de las convicciones teologales que sostienen la espiritualidad cristológica de la autora hebrea: Nuestra meta es la unión con Dios, nuestro camino Cristo crucificado. El único medio apropiado para ello es la fe.

