«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré»

4 Jul 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Ya hemos dicho muchas veces que los Evangelios han sido escritos utilizando «lo que había», esto es, las palabras auténticas de Jesús conservadas en el recuerdo y a través de la tradición oral, tan presente en Israel como en todas las culturas antiguas. Con este material, cada evangelista ha organizado un relato de lo sucedido y oído en aquellos días en los que Jesús caminó sobre la tierra como uno de nosotros. Como dice Lucas el único que habla explícitamente de este proceso: «componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra», y así las cosas, también él ha «resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4). Así hoy hemos escuchado una preciosa pieza de aquellas: se trata de una exclamación espontánea de Jesús, una oración al Padre, inspirado y maravillado por lo que está sucediendo a su alrededor en la proclamación y plantación en nuestra tierra del Reino de Dios. Jesús en oración, agradece a Dios, a quien siempre llamaba ‘Padre’ o ‘Abba’, pero también Señor del cielo y de la tierra, el hecho de que sean los «pequeños» quienes entienden y acogen las obras, gestos y palabras con que está haciendo presente el Reino. La palabra griega se refiere a los niños, los inmaduros (literalmente significaba ‘el que no habla’ y por el contexto entendemos que la gente que llamaríamos ‘sencilla’, ‘normal y corriente’, por comparación con los que otros, los que no entienden y lo rechazan, ‘sabios y entendidos’, esto es, aquellos que han estudiado, que saben, o mejor, dicho, creen saber y, sin embargo, toda esa preparación y madurez no les ha servido para poder comprender el encuentro más importante de sus vidas. Jesús agradece al Padre esta que, sin duda, es su voluntad. En muchas ocasiones, los profetas habían reprochado a Israel que su ciencia, su inteligencia, su conocimiento, ya fuera religioso o político, no era más que una excusa, una máscara, una protección no contra el mundo o sus opositores sino contra el mismo Dios. Jesús reprocha así también a los escribas que todo lo que estudian y saben no les ha hecho conocer mejor al Dios verdadero, que es Quien interviene y se manifiesta en la historia y habla a las personas, sino todo lo contrario: se han convertido en los guardianes que impiden el paso a su revelación o que intentan confundirla y embrollarla mientras creen hacer lo contrario. Jesús también declara solemnemente que esto es así porque es lo que el Padre ha querido y ha decidido, en consecuencia, hablar a cada hombre en la persona de su Hijo hecho hombre. Y es que una cosa se fundamenta en la otra como declara a continuación Jesús: todo lo que Él muestra y enseña (obras y palabras) es la verdad sobre Dios y su acción y esto es lo que las personas sencillas, pobres, abiertas en el corazón, comprenden y creen una vez que lo ven y escuchan o lo experimentan (cada vez que Jesús curaba a alguien le ofrecía esta salvación, no solo el remedio físico). Y es verdad porque Jesús también es plenamente consciente de que Dios, su Padre, se lo ha dado todo («todo me lo ha entregado mi Padre» como dice el Evangelio de Juan) y por eso quien ve a Jesús ve a Dios y experimenta su acción, pudiendo aceptar o no su oferta de amistad y salvación. Y esto lo da el Hijo a quien Él quiere, compartiendo pues, y cumpliendo al punto la voluntad de su Padre de revelarse, precisamente, a estos pequeños, sencillos, los que no se creen importantes. Por último, Jesús los llama a estos y a todos nosotros a acercarnos y verlo con nuestros propios ojos y a experimentarlo con el alivio del peso que cada uno llevamos en la vida (persona, responsabilidades, circunstancias). Seguir a Jesús no es un peso más añadido a los otros, sino reconocer su compañía, su ayuda, el sentido de lo que vivimos y soportamos ya que nos descubre de donde venimos y a dónde vamos y, además, contamos con su ayuda y compañía durante todo el camino.