«Venid a la boda»

10 Oct 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Otra parábola con la que Jesús mismo nos resume lo que ha sido la enseñanza del Evangelio y nos proporciona los criterios para discernir si realmente estamos diciendo o, al menos, queriendo decir que sí a la llamada de Dios. Para eso se habla hoy del reino de Dios instaurado en Cristo como de una invitación que hemos recibido a partir en el banquete de bodas de un rey, signo del banquete del final de los tiempos que nos recordaba la primera lectura. También en esta, como en las parábolas anteriores, se habla de llamada y de su rechazo y aceptación. Así, se reconoce que los invitados originales, los primeros, no han querido acudir. O no han creído la llamada – invitación o no les ha parecido lo suficientemente atractiva como para dejar sus interesantes compromisos y acudir. También se dice que este rechazo no ha desanimado al rey que ofrece el banquete sino que, al contrario, le ha servido para hacer su voluntad, dar pleno cumplimiento a su proyecto que no era otro que invitar a todos a esta fiesta, cuando hubiese llegado el momento oportuno. Pues bien, este momento es ahora. Como también dice S. Pablo, el rechazo de Israel ha permitido la inserción en el viejo tronco vivo de la Alianza de los pueblos paganos (Cfr. Rm 11,11-12), aunque el tronco sigue ahí e Israel puede ser reinjertado. La parábola dice que los criados «salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos» hasta llenar la sala del banquete. Todos han sido invitados, ahora que hay sitio; el Padre no va a celebrar a solas la boda de su Hijo -Dios no dejará el cielo vacío – y han sido llamados todos los que ni habrían soñado con ser invitados, sin importar si eran malos o buenos. Esto ha sido el ministerio de Jesús que ha confesado haber sido enviado a recoger a las ovejas descarriadas de Israel pero que, al final, anuncia como el Padre invitará a todos los descarriados, pertenezcan o no a Israel, y también a todos los buenos (recordemos la parábola de los dos hijos). El ministerio de Jesús ha sido esta invitación a todos, ni importa quienes fueran ni lo alejados que estuvieran. Pobres, enfermos, pecadores públicos con quienes Jesús habla y hasta comparte la mesa (un gesto impensable para los fariseos pues equivalía a aprobar y aceptar su vida). Pero la parábola también subraya que esta invitación, acogida y perdón sólo fructifican cuando significan un cambio efectivo de vida. Así, cuando Jesús llamó a Levi o Mateo a seguirle, siendo un publicado, este cambió su vida inspirado por esta llamada e incluso ayudó a Jesús (cfr. Mt 9,9-13) invitando a su vez a otros publicanos y gente de su ambiente. Donde más claro aparece es el encuentro de Jesús con el jefe de publicanos Zaqueo (Lc 19,1-10) donde sin que Jesús le eche nada en cara, él espontáneamente se ofrece a devolver lo que haya poder robado y resarcir a los perjudicados por encima de lo que mandaba la Ley y, encima, dar la mitad de sus bienes a los pobres. Estos sí que han entendido y aprovechado la oferta de Jesús que ha venido a rescatar lo que estaba perdido. La misericordia de Dios no es un manto que cubra o pase por alto nuestros pecados sino la fuerza real que nos transforma para salir de ellos y no pecar. Por eso la parábola narra como aquel invitado que no había entendido el cariz de la invitación o había ido allí solo a llenar el vientre, es expulsado y no simplemente es que lo que acompañen a la salida sino que es atado de pies y manos y arrojado a la tinieblas, lo que significa que el rechazo de esta generosa, gran y última oferta de Dios a cambiar realmente de vida, a apartarnos del pecado y sus miserias es la última y decisiva oportunidad. Cristo recuerda a los dirigentes de su pueblo y a nosotros mismos que no sale gratis rechazar el perdón de Dios. Realmente Él ha venido para redimirnos, transformarnos interiormente y de verdad, devolvernos a la gran esperanza que es la amistad de Dios y poder terminar, como Él siempre quiso, compartiendo su misma vida. A esta fiesta, a esta boda hemos sido invitados: es esta misma mesa de la Eucaristía: hagamosnos dignos de esta gran regalo que rehace nuestra vida.