Hemos escuchado un nuevo fragmento del discurso apostólico del Evangelio según san Mateo, donde el Evangelista ha recopilado y ordenado, según su propósito, dichos y gestos de Jesús destinados a conformar y organizar la iglesia, y especialmente dirigidos a sus máximos responsables, Pedro y los otros apóstoles. Así, el domingo pasado escuchamos el pasaje en que se nos enseñaba que hay que expulsar, por todos los medios, el mal del ámbito de la iglesia. Que nadie puede, impunemente, formar parte de la familia de Dios pecando gravemente, pues el pecado dice relación directa al mal y se opone directamente al plan de Dios, aparte de que es un fastidio para todos. En fin, que la iglesia no tiene que aguantar esas actitudes y acciones sino intentar convencer de su error a todo el que los realice o soporte y, si no, expulsarle fuera, «desatarle» hasta que él mismo rechace ese mal y pecado que haciendo o apoyando. Hoy se nos habla de otra cosa, relacionada pero que no es lo mismo: hay unos pecados y males que sí hay que soportar, más todavía, que hay que perdonar siempre, o, como dice Jesús, «hasta setenta veces siete». El perdón a los hermanos no tiene límite, como no lo tuvo el perdón otorgado por Dios Padre en Jesucristo. Las ofensas, males, trasgresiones, molestias de los que son hermanos tienen que ser perdonados, a riesgo de dejar de experimentar el perdón de Dios, como señala la parábola con que Jesús ilustra esta enseñanza. Este perdón es el corazón constitutivo de la iglesia que ha nacido, precisamente, del perdón que nos ha sido otorgado, libre y graciosamente, por Dios en Cristo. En la pregunta de Pedro a Jesús está implícito que el hermano que ofende pide perdón, ya sea explícita o implícitamente. También lo subraya la parábola, cuando el siervo, amenazado de ser vendido junto todo lo suyo, familia incluida, se arroga a los pies del Señor pidiendo paciencia y asegurando que lo pagará todo. También la parábola nos revela que lo que se nos ha perdonado a nosotros, nuestra deuda con Dios, es incalculablemente mayor que el mal que a deuda que pueda haber contraído el hermano que nos ha ofendido (diez mil talentos, una cantidad fabulosa, frente a cien denarios: el fruto del trabajo de 164 años frente al de 3 meses). El Señor, ante la deuda impagable de su siervo, se compadece. Se usa una expresión que significa mucho más que nuestro «compadecerse» o «dar lástima»: define lo que siente una madre ante el hijo que ha salido de sus entrañas y que es carne de su carne; comprende que realmente no puede hacer frente a esa deuda y «la deja ir» o pasar, esto es, la perdona. En cambio, cuando este siervo, perdonado de tal manera, se encuentra en la situación contraria, ni se compadece ni perdona ni nada, a pesar de que la deuda es incomparablemente menor. Alguien podría alegar que para él si era posible cobrarse la deuda, mientras que no lo había sido para su señor, pero la parábola no habla de préstamos y de cómo actuar ya sea que se puedan recuperar o no, sino la Gracia que todos los que creemos en Cristo hemos recibido gracias su entrega a la muerte y de su Resurrección y de cómo esto es incomparable con el perdón que nosotros otorgamos. Y nos dice claramente que disfrutar del Perdón divino depende de que nosotros nos perdonemos, que nos soportemos como somos y nos ayudemos a mejorar y crecer. Porque el perdón nos hace mejores, más hijos de Dios y mejores hermanos y por eso lo invocamos, lo pedimos y prometemos actuarlo cada día en el Padrenuestro. Ser cristiano no es sino haber sido perdonado, bien históricamente, como nosotros, bien ‘preventivamente’ como Santa Teresa de Lisieux, entre otros. Todo nace de la misericordia de Dios y por eso el fruto que siempre debe crecer en nuestras vidas es el perdón para los otros. Se nos ha restaurado a un estado mejor que el inicial, se nos ha dado, una segunda y gran oportunidad que nuestro Padre sostiene para todas las ocasiones en que volvamos a pecar y nos arrepintamos. La única condición es esta de dar nosotros también nuevas oportunidades –hasta setenta veces siete– a quienes nos ofenden.


