Recién terminado el Tiempo de Pascua que significa la celebración de la plenitud de la Revelación de Cristo, esta Fiesta de la Santísima Trinidad, del Rostro Auténtico del Dios Verdadero nos resume todo lo enseñado por Jesús, desde que se encarnó como uno de nosotros hasta el día en que nos envió, retornado al Padre, al Espíritu Santo. Como hermosamente enseñaba San Ireneo (Ad. Haer. III, 17,1-3) comentando la parábola del Buen Samaritano, éste, que interpreta como el mismo Cristo, vino desde el cielo, tomó nuestra naturaleza humana herida, dañada por esos ladrones que la asaltaron y no solo la atendió y curó para salvar su vida, sino que, además, llevó a aquel hombre herido a la posada adelantó al posadero dos denarios para que cuidase de él. S. Ireneo reconocía en esos dos denarios los regalos más importantes de Jesús: a sí mismo, como compañero de camino, hermano, redentor de nuestra miseria y pecado y el Espíritu Santo, presencia misma de Dios en la iglesia y en cada uno. Y, por supuesto, que el Don del Hijo y del Espíritu Santo es, en sí mismo, el Don del Padre, de la filiación divina que se tiene que transformar o manifestar cuando vivimos como verdaderos hermanos. Dios es el Dios de Jesús, que es Padre, fuente de toda vida y luz, origen de cuanto existe; Dios es también el Hijo, que se encarnó para revelarnos el verdadero ser del Padre; y Dios es el Espíritu Santo, culmen del cumplimiento de las promesas de Dios, pues nos hace llegar a todo lo prometido a lo largo de la historia de las salvación y se convierte en la primicia de nuestra vida futura, que ya ha comenzado desde que lo hemos recibido, en la iglesia, gracias a la acción de Cristo en los Sacramentos. Como nos recordaba la primera lectura, este era también el corazón de la Antigua Alianza: Dios se manifiesta a Moisés y a Israel como Amor, Misericordia, también como aquel que nos quiere tanto como para corregirnos y castigarnos a fin de que no olvidemos la Verdad y caminemos en su Luz, es el Padre de los creyentes, del pueblo entero.. Pero como nos recordaba el Evangelio, este verdadero ser de Dios, su esencia y sustancia, se reveló y se puso al alcance de todos cuando nos entregó a su Unigénito, que es quien manifiesta claramente su amor eterno por nosotros y su voluntad más que firme de reconducirnos a su familia y que vivamos realmente como sus hijos. Esta fue y ha sido siempre la voluntad del Padre: enviar al Hijo, hecho hombre, para manifestarle y traernos de vuelta a casa, tomándonos en la situación que nos encontrara, que no era precisamente la mejor. Así, este llevarnos a casa, nuestra meta, fue también redención del pecado y la enemistad contra Dios cultivada con esmero durante generaciones. Quién acepte de buen grado y libremente está luz y esta fuerza tendrá la vida eterna y el que no, se está sometiendo a su juicio. La Palabra no vino ni se quedó para juzgar sino para salvar, pero es preciso acoger de corazón su verdad y vivirla en la caridad. La revelación del Unigénito es la Puerta, la Razón, el Sentido que nos comunica directamente con nuestra verdadera casa, familia, morada que es el Dios verdadero, Padre e Hijo y Espíritu Santo.


