Siguiendo adelante con la lectura y celebración del Evangelio, hemos llegado al c.18, el cuarto de los cinco grandes discursos en los que el Evangelista reúne y resume la enseñanza de Jesús según le había llegado por la tradición evangélica. Este sermón recibe el nombre de ‘discurso apostólico’, las enseñanzas explícitas a los apóstoles que habían de continuar su Misión e ir construyendo la iglesia y nuevo pueblo de Dios apenas fundados. El discurso se inicia respondiendo Jesús a la pregunta que le hacen los discípulos para que les diga quién es el más grande en el reino de los cielos: tomó un niño, lo puso en medio y se lo dijo así, gráficamente: «si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (17,2). Como tantas otras veces, Jesús responde a lo que dicen pero señalando también algo que es esencial para entender y que los que preguntan no han considerado. El reino es de aquellos que se convierten, primero, y después se hacen como niños, esto es, han renacido , lo que suena como un eco de la conversación de Jesús con Nicodemo que se narra en el Evangelio según san Juan (cfr. Jn 3,5-7). Este renacer conectado con la conversión significa dejarse cambiar y transformar por Dios, por su gracia, que alcanza a todos los que se convierten, se vuelven hacia Dios. El mayor en el reino es aquel que se ha hecho niño y ha dejado que la gracia lo haga crecer como hijo de Dios y hermano de los demás. En el fragmento que hemos escuchado hoy se empieza a tratar de lo que hay que hacer cuándo en el reino, en la comunidad cristiana, aparece el pecado, el mal, cuando uno de estos ‘hermanos’ ha pecado contra ti. Lo que hay que hacer, para corregir ese pecado –el texto no habla aquí todavía de perdón, eso será más adelante–, un pecado que hay que extirpar, que significa la entrada del mal en la comunidad, un revertir la esencia misma del reino que es ese crecer en la Gracia. Se nos está diciendo que en la iglesia hay que sacar fuera este tipo de basura y el papel que en esta tarea corresponde a los apóstoles, que es a quienes, primariamente, se dirige el discurso. La palabra ‘pecado’ se refiere al error, a la desviación moral y se sobreentiende que de modo grave, si tiene que intervenir todo este procedimiento para sanarlo. El primer paso es que el responsable de la comunidad porque ha sufrido o comprobado el pecado, primero reprenda en privado al que lo ha cometido. Si este lo reconoce así y lo abandona, se ha salvado ese hermano. Pero si no hace caso, si no se «convierte», dejando el error y volviendo a recibir la Gracia, lo que tiene que hacer el apóstol es buscar a otros hermanos, al menos uno o dos, para que actúen de testigos. Se entra aquí en el terreno judicial (se está citando Dt 15,19 donde se especifica que «solo por la declaración de dos o tres testigos será firme una causa»). Si, a pesar de certificar así el error y la culpa, el equivocado no hace caso, hay que decírselo a la comunidad, a la «iglesia», como dice el texto original. Poco a poco se va incrementando la presión del tú a tú, pasando por los testigos hasta llegar a la misma iglesia. Hasta aquí queda claro el fin perseguido es la conversión del equivocado, del pecador, del que se ha desviado del camino que sigue la comunidad. Por eso, el siguiente paso, si este hermano equivocado ni siquiera escucha a la comunidad, hay que considerarlo como un pagano o un publicano, esto es, que hay que expulsarlo, excomulgarlo es la palabra técnica, y siempre, como en lo anterior, hasta que recapacite y para que lo haga. Por eso, a continuación, repite para todos lo que ya le dijo a Pedro: les asegura que estas acciones, estas decisiones destinadas a mantener a los que se desvían, a los que hacen el mal en la iglesia, fuera de ella hasta que lo reconozcan y se conviertan, son sostenidas en el cielo, por Él, Cristo, y por Dios mismo, puesto que la iglesia es su Cuerpo y le importa, la ama, ha muerto por ella y nos ha dejado los medios para conservarla y afianzarla y es que este tipo de «pecados» acaban rompiendo la comunión y falseando el Evangelio. Cuando los mismos cristianos hacemos el mal o nos desviamos gravemente necesitamos que nos «desaten», que el vernos fuera de la comunión, de la casa, de la familia, nos abra el corazón a la gracia, nos arrepintamos y seamos «atados» de nuevo a nuestra vida nueva, que estaba ahí esperándonos.


