Parafraseando a Santa Teresa en Vida 23,1 podríamos decir que es «otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva», otro Evangelio, su segunda parte, desde la confesión de Pedro: «comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén» para padecer mucho, ser despreciado, morir y resucitar. Esto es, Jesús comienza a revelar a sus discípulos cuál será la culminación de su camino, cómo cumplirá su Misión que ya sabíamos que consistía en llevarnos a la Bienaventuranza, a la visión de Dios, al compartir la vida divina para que la que el Señor nos creó y que ni aún tras el rechazo de los primeros hombres, el Señor dejó de ofrecer y de intentar. Para ello el Padre envío no ya a un profeta (primera lectura) sino su mismísimo Hijo Único que se encarnó (Mt 1,18) para recorrer nuestro mismo camino humano, a fin de «cumplir toda justicia» (cfr. Mt 3,15). Por eso, como hombre, soportó y venció la tentación (Mt 4,1-11), tras de lo cual comenzó a predicar, eligió a unos compañeros como discípulos y apóstoles (Mt 4,13-19), anunció la llegada del reino de Dios, que se habían abierto las puertas de la bienaventuranza a todos los hombres (Mt 5,1-12) en un discurso solemne y después comenzó a hacer ver que este reino había llegado efectivamente, enseñando y curando, dando a cada hombre lo que necesitaba. Su presencia, su Humanidad era la manifestación directa de este reino y la prueba del compromiso de Dios con aquellos a quienes quería hacer sus hijos por todos los medios a su alcance. Pero para ver en aquella Humanidad al Hijo de Dios y la realidad del reino, era precisa la fe, esto es, recibir en el corazón y dar un completo asentimiento al Padre que lo revela y descubre a quien quiere y a quien se deja. Desde ese momento en que Pedro, en nombre de todos los creyentes, confiesa quién es realmente Jesús, puede comenzar, de verdad, el camino al cumplimiento de todo lo ya enseñado, manifestado y obrado. El reino no son obras ni ideas sino que es aquel espacio donde viven, gozan y sufren, quienes han descubierto en Jesús pues es quien cumplirá todas las promesas de Dios. Jesús no pierde tiempo y anuncia a los suyos cómo se va hacer esto en la realidad y la historia: yendo a Jerusalén, pero no a vencer y desalojar a los corruptos gobernantes e indignos sacerdotes, sino a padecer a sus manos, para, al final, ser ejecutado y, al final, resucitar al tercer día. Ante esta nueva revelación, Pedro responde con una actitud completamente distinta: se escandaliza, ve una contradicción entre la realidad de Jesús y este camino que, dice, tiene que recorrer. No lo cree o no lo puede creer y recrimina a Jesús por decirlo. El texto dice que Pedro se lo había llevado aparte para decirle esto en privado pero Jesús, para la respuesta, se vuelve hacia todos, quiere que los discípulos, como antes, también escuchen lo que tiene que decir a Pedro, a quien acaba de cambiar el nombre y proclamar que es la piedra, la roca sobre la que edificará la iglesia. Y la respuesta es muy clara y muy dura: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!», que significa ‘apártate’, ‘vuélvete detrás de mi’ y llama a Pedro ahora ‘piedra de tropiezo’ o escándalo. De piedra de la iglesia que está construyendo, Pedro pasa a ser piedra de tropiezo o de escándalo, obstáculo. Y la razón es que Pedro, al decir esto, piensa y habla con los hombres, no ya como Dios. Ha sido demasiado para él, no ha podido asumir las consecuencias del camino real que el Mesías, el Hijo de Dios, tiene que recorrer para llevar a cumplimiento su Misión. Jesús lo está poniendo en su sitio, que es detrás de Él, siguiéndole y no donde ahora se ha puesto, como un obstáculo para que se haga la voluntad de Dios. Jesús, además, le explica lo que tiene que hacer quien realmente le sigue: «que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga», esto es no buscar su gusto y placer, sino la voluntad de Dios en su vida y, además, asumir su cruz, esto es su parte en la Misión de Jesús. Este es el único modo de aprovechar de verdad y salvar la propia vida, de dirigirla hacia donde nos lleva Jesús, a unirla con la vida divina.


