Llegamos al final de estos cuarenta días de especialísima presencia de la Sacratísima Humanidad del Señor (Sta. Teresa de Jesús) en su iglesia, entre los mismos discípulos que habían convivido con Él tanto antes como después de la Pascua. Para el libro de los Hechos, estos datos, estos cuarenta días y su final el día de la Ascensión, se contienen entre los «hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra» (Lc 1,1-2). Jesús convivió con ellos, Vivo de nuevo y para siempre, durante estos días «dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios» (primera lectura). Fueron días excepcionales, que ya no se repetirán hasta los Últimos Días, cuando el Hijo del Hombre descienda de nuevo entre nosotros, y que sentaron el fundamento de lo que somos y vivimos como cristianos. Así lo describía S. Ireneo: «En los apóstoles eran anticipadamente curadas nuestras turbaciones y nuestros peligros: en aquellos hombres éramos nosotros entrenados contra las calumnias de los impíos y contra las argucias de la humana sabiduría; su visión nos instruyó, su audición nos adoctrinó, su tacto nos confirmó; demos gracias por la divina economía y por la necesaria torpeza de los santos padres pues dudaron ellos, para que no dudáramos nosotros». Y cierto que no fue fácil, pues ese mismo día el texto nos revelaba que Jesús tuvo que seguir rebatiendo malas interpretaciones y cortando de raíz ideas faltas acerca de su Misión y de lo que iba a suceder: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad», ni yo he venido ni vosotros os quedáis para restaurar la soberanía de Israel. Y les indicó lo que de verdad iba a suceder: recibirían la fuerza del Espíritu Santo que los haría testigos de las Verdad, la Vida y el Camino que es Jesús. Esta era la verdadera base donde comienza y se sostiene, hasta el fin del mundo, la Misión evangelizadora que les y nos encomendó el Señor cuando ascendió por fin al cielo. Es el momento que separa el antes, la vida «terrena» de Jesús, y un después, su retorno al seno del Padre, al «cielo» que define la esencia de nuestra vida eclesial: Él sigue presente en el Espíritu, Quien será desde su llegada (a una semana de diferencia) la Presencia Personal de Dios en su Iglesia. Pero es también una importantísima revelación, como nos recordaba el Evangelio. Se trata de un hecho salvador que nos incluye, en concreto «el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las creaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo» (S. León Mágno). La Ascensión de Jesús conecta definitivamente el cielo con la tierra, su Humanidad Sacratísima reunida con el Padre y su poder único, y la Misión de la Iglesia entre los hombres: todo el poder de Dios descansa ahora en quienes anuncian y viven la historia del Hijo entre nosotros. Para ello, deben hacer de todos discípulos bautizándolos, esto es, vinculándolos personalmente a cada uno, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar, a vivir, a fundar la propia vida sobre las enseñanzas de Jesús, Dios Hijo hecho hombre. Por eso Él hoy concluye su victorioso recorrido terreno y vuelve a donde vino, a Quien le envió, pero al mismo tiempo promete -y lo cumple- quedarse entre nosotros hasta el fin del mundo, hasta que todos podamos volver, ascender con Él y compartir la misma vida de Dios, como Él mismo siempre quiso desde el principio.


