Celebramos la culminación de la Fiestas de Pascua y la máxima revelación del Dios verdadero a los cristianos. Como el mismo Jesús, justo antes de ascender al cielo, de volver junto a su Padre, encomendó a la Iglesia, a todos nosotros, la misma Misión que le había dado el Padre: ‘id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (Mt 28,20). Jesús nos envía a sus discípulos a establecer una relación personal, personalísima entre el Dios verdadero (Padre e Hijo y Espíritu Santo) y cada una de las personas. Éste fue el objetivo de su Misión: manifestar el nombre de Dios a los hombres que Él le había dado, que así le han conocido, verdaderamente, por sus palabras y, sobre todo, por sus obras, por la entrega completa de su vida. Así lo hizo posible, unió nuestra naturaleza humana, tal y como está, con Dios. Esto significa que «lo glorificó», que hizo ver pero, de verdad, quien es el Dios verdadero y que su intención primigenia y sostenida a través de siglos de incredulidad e infidelidad fue siempre la de darse, compartir su misma vida, su mismo ser con cada uno de nosotros. Porque es Jesús Glorificado, ascendido de nuevo al Padre, quien puede derramar y derrama, de hecho, el Espíritu Santo, Dios como Él y como el Padre, en su Iglesia y, más, en el corazón de cada uno de los creyentes. Esto nos recuerda siempre el relato de Pentecostés (primera lectura): en aquel día histórico (el comienzo verdadero de la Iglesia tal y como la conocemos hoy), estando todos los discípulos reunidos y perseverando «unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14), «se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos». Se trata de la intervención directa de Dios y cada una de esas «como llamas» desciende sobre cada uno de los discípulos, si bien lo hace porque forman parte de esta comunidad, de la iglesia; de hecho, lo hace para constituirla, consagrarla, enviarla al mundo. Pero el don es siempre antes y se trata aquí de que recibieron el Espíritu Santo, al mismo Dios, cada uno en su vida como el fruto de toda la obra de Jesús, de preparar nuestra carne y naturaleza para convivir con el mismo Dios. Porque no es solo que Dios nos perdone, ame, inspire sino que está realmente con nosotros, con cada uno, y uniéndonos así a todos cuando nos reunimos especialmente a escuchar la Palabra y celebrar los Sacramentos. Como enseña San Basilio en su magnífico libro sobre el Espíritu Santo: «gozan de su posesión todos los que de él participan, en la medida en que lo permite la disposición de cada uno, pero en la medida del poder del mismo Espíritu». Esto es, que se adapta a nuestro ser, a nuestro camino histórico concreto pero permanece siempre, gracias a Dios, más grande, capaz de transformarnos, engrandecernos, llevarnos siempre más a Dios. Lo mismo nos expresa el Evangelio de hoy que asocia directamente el don del Espíritu a Jesús Glorificado que se hace presente en medio de los suyos para derramar en ellos este don único que personaliza la redención para cada uno que le acoge. Cristo nos regala, como dice de tantas maneras san Juan de la Cruz, el Amor mismo, la capacidad de igualarnos a Él, amándole como Él nos ha amado y nos ama, desde lo más básico, el perdón personal de los pecados y la capacidad de reconciliar a todos, incluso con la posibilidad de retener esos pecados a quienes no los reconozcan, pues solo en la Verdad se puede vivir la misericordia y el amor de Dios. Y termino con otras palabras de san Basilio: del Espíritu «procede el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las cosas ocultas, la distribución de dones, el trato celestial, la unión con los coros angélicos; de ahí deriva el gozo que no termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que imaginarse pueda, nuestra propia deificación». Más, realmente, no se puede decir.


