«¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

26 Sep 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Hemos escuchado hoy otra parábola donde Jesús mismo nos enseña cómo vivir en el reino de Dios que él ha inaugurado. La parábola refiere dos actitudes de creyentes: el que cree «de boquilla» pero luego no corrobora con su vida sus propias palabras y que se niega, en principio, a trabajar y servir, pero luego acude y lo hace. Como el domingo anterior, se trata, en el fondo, del trabajo en la viña, esto es, el reino de Dios. También, los creyentes, los «hijos», son aquellos llamados a trabajar cuando el Padre los convoca efectivamente a esta tarea que ellos han asumido libremente. Uno de ellos contestó que no quería pero luego se arrepintió y fue. El otro, al contrario, dijo que si pero luego no fue. Y no dice que el texto que cambiara de idea sino que ese era su proceder habitual. Para él la religión parecía consistir en eso, en meras palabras, golpes de pecho, pronunciamientos, tomas de posición. Eso sí, sus prácticas eran muchísimo más que unas cuantas palabras pero para Jesús están diciendo que no con sus vidas por un hecho trascendental: porque le rechazan y no le reconocen. Ese es el criterio definitivo pues las prostitutas y los publicanos sí lo han hecho. Es decir, se han convertido y lo han hecho. Los otros, fariseos y escribas sobre todo, no, mostrando que no dejaban ni dejan que su vida se dejase tocar por el Dios verdadero, por su gracia. Esta es también la diferencia entre la vieja y la nueva alianza, el nuevo y el viejo vino, fruto del reino y relación personal con Dios. Porque Jesús no ha venido solamente a reformar, a acabar con abusos y malas interpretaciones, sino a restaurar la entera relación Dios-hombre. Por eso invita a la conversión, también en las mismas parábolas e invita a todos, ya que esta restauración se refiere a la misma naturaleza humana, acostumbrada a no obedecer a Dios e, incluso, como estos escribas y fariseos que habían construido su propia interpretación de la Alianza con Dios de modo que no implicara su vida sino superficialmente, ocupando tiempos, lugares, incluso actitudes, pero sin comprometer la vida por completo. Para ello, Dios ha actuado en la historia y nos ha enviado a su propio Hijo que ha tomado nuestra carne para enseñarnos cuál es el camino. En su naturaleza humana asumida redimirá también la nuestra y es imprescindible unirse, por la fe, a este nuevo camino que es seguir sus pasos como hombre e ir, poco a poco, conociendo el amor de Dios. Según esto, de los dos hijos de la parábola, ninguno es modélico, pues nuestro modelo es el propio Hijo de Dios «no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí» tanto en sus palabras como en su vida y por eso fue el cumplimiento de todas las promesas de Dios (cfr. 2Cor 1,19-20). En la nueva Alianza son tan importantes las palabras que pronunciamos ante Dios en la liturgia, el culto, las promesas y votos, las oraciones como las obras de nuestra vida. Nos es imprescindible la coherencia entre lo expresado y lo vivido, damos gloria a Dios con nuestros labios y con nuestra entera vida. Ese fue el camino de los publicanos y prostitutas: reconocieron a Cristo como perdón de Dios y cambiaron de vida, y así le siguieron también con sus labios, le dijeron también que sí. En definitiva se trata de lo que dice san Juan de la Cruz acerca de la condición, psicología o modo de ser de Dios para con nosotros: «porque Dios es de manera que, si le llevan por bien y a su condición, harán de él cuanto quisieren; mas si va sobre interés, no hay hablarle» (3S 44,3).