«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída»

18 Abr 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Como católicos del s. XXI, nos contamos entre los bienaventurados que han creído -y siguen creyendo- sin ver; de hecho, creemos a aquellos que sí vieron y hasta tocaron, como nos recordaba el Evangelio del domingo pasado. Aquellos cuarenta días tras la Pascua hasta la Ascensión, el tiempo hasta Pentecostés y todo el tiempo que trascurrió hasta la muerte o martirio del último apóstol, es decir, de todos aquellos que habían visto, oído y tocado al Señor antes y después de su Resurrección, fueron decisivos. Dejaron una marca indeleble, un fundamento bien puesto para que nosotros podamos creer y vivir el Evangelio y, así, dar un testimonio convincente de la Buena Nueva a todo el que está destinado a recibirlo, es decir, a toda persona. Desde esta fe, esta base vital, pues creer a la Iglesia es creer el Evangelio y caminar a la luz de la Tradición viva que viene desde Cristo y sus discípulos, todo cristiano se ve impelido, desde Pedro y sus sucesores hasta el último creyente (primera lectura) a dar testimonio de la Verdad: que el hombre Jesucristo, Hijo de Dios, murió sí pero también resucitó y continúa vivo en medio de aquellos que viven en comunión con Él y ahora quieren compartir con todos esta realidad, nueva, y destinada a rehacer toda la Creación, comenzando y pasando por cada uno de los hombres. Este anuncio, como nos recordaba hoy el Evangelio, desde el primer día (es Jesús Resucitado quien impele a las mujeres, las primeras que le encuentran y le ven, y luego a sus discípulos) a dar testimonio de lo sucedido y de lo que significa. Detrás de estos testimonios, está siempre Él, como nos recordaba el Evangelio. Jesús estuvo entonces y sigue estando personalmente comprometido con cada persona, cada grupo, cada comunidad que quiere y necesita descubrirle. Desde la Resurrección, Cristo se ocupa de dirigir en persona a su iglesia, a cada persona, a cada grupo, a cada comunidad, como nos recordaba el Evangelio. Jesús mismo, vivo, se encuentra con dos de sus discípulos que se marchaban de Jerusalén, desencantados y pensando que todo ha terminado, que una vez más, un buen hombre, un profeta ha sido vencido por la realidad del sistema político y religioso y que una fundada esperanza se ha extinguido. Ellos no sabe que este hombre que les habla es Jesús, pues tiene la facultad de mostrarse a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Con su presencia y su palabra paciente, les va haciendo ver lo que han vivido bajo otra luz, la de la Escritura: esta vez sí, este profeta, este Mesías no ha sido como los demás. Ha sido quien verdaderamente ha cumplido las profecías: el Redentor debía asumir el dolor, el sufrimiento, el rechazo entero del mundo y de su propio pueblo y sus dirigentes para poder salvarlos a todos, para entrar así en la gloria y que la gloria de Dios entrase también en nuestras vidas. Ellos se sintieron tocados en lo más hondo y quisieron saber más, lo invitaron a compartir la mesa con ellos y ahí fue donde Jesús se reveló y manifestó por completo: partió el pan como lo había partido aquel Jesús en aquella noche memorable cuando asoció ese gesto a lo que iba a pasar, a su entrega por todos en la Cruz, dando a entender que ese no sería el final, sino el principio, el momento en que todo lo malo se revertiría y transformaría como Dios siempre había querido hacerlo. En ese momento, y por todas estas razones, se les abrieron los ojos a aquellos y comprendieron todo el proceso. Supieron que ese Hombre, Jesús, les había hecho comprender las Escrituras y cómo iluminaban todo lo que había sucedido. Y que no se trataba de esperanzas a realizar sino de una gozosísima realidad porque Jesús, el que murió porque se entregó y quiso morir, ha resucitado y está vivo y sigue construyendo su Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. Es lo que revivimos cada domingo al celebrar juntos la Eucaristía: escuchamos la Palabra, la profecía, la epístola que nos explican lo sucedido y, sobre todo, en el centro, Jesús se hace verdaderamente presente cuando Él mismo parte el pan, lo transforma en su Cuerpo y su Sangre para que también nosotros entremos en su gloria.