«¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!»

7 Nov 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Este domingo, ya muy cerca del final del año, volvemos a las grandes parábolas finales del Evangelio según san Mateo. Se trata hoy de la parábola de las vírgenes, que habla sobre la llegada sorpresiva del reino de Dios instaurado por Jesús y cómo podemos y tenemos que orientar nuestra vida a ello. El reino, descrito aquí como fiesta de boda, culminara cuando menos lo pensemos así que se nos enseña qué significa en concreto la espera, la vigilancia, la esperanza que es esencial en nuestra vida cristiana. Jesús cuenta la parábola en un ambiente y contexto sapiencial, en el que ya nos ha introducido ya la primera lectura. La Sabiduría bíblica es la reflexión humana iluminada por la revelación de Dios, que se orienta a dirigir la vida de los creyentes en la Alianza, a saber cómo hemos de vivir, real e históricamente, en la amistad con Dios. Además, esta Sabiduría no es un conocimiento enigmático al alcance de muy pocos (aunque es preciso interesarse y buscarla, dedicarle tiempo) sino un saber bastante evidente, conectado con nuestra inteligencia y capacidad de discernimiento. En la parábola, hay diez vírgenes y la mitad de ellas son «prudentes», esto es, sensatas, capaces de discernir en la realidad qué es lo que más les conviene con la inestimable ayuda de la revelación. Todas esperan la boda del Esposo, que es el cumplimiento del Reino de Dios, todas llevan una lámpara que es la que les permite sostenerse y guiarse en la oscuridad hacia la meta que buscan y esperan. Cada lámpara necesita aceite para mantenerse encendida y así poder cumplir su función de iluminar y guiar. Es la tarea de cada virgen invitada a la boda el proveerse de este aceite, no dejar que se acabe pues de hacerlo, la lámpara no sirve de nada. Y aquí viene el mensaje central: las vírgenes prudentes lo son porque han previsto aceite en cantidad para una espera que no saben lo larga que será; en cambio, las imprudentes o necias, no lo han tenido en cuenta, caminan alegremente por la vida sin preocuparse. Quizá piensen que la salvación, lo más importante, está asegurado gracias a la inmensa bondad del Esposo que las ama más que nadie. Así, ¡cómo va a dejarlas fuera!, ¡es imposible! Dios y su Hijo, Jesucristo, no puede actuar así. Pero la parábola no habla de esto, y nadie que lea el Evangelio puede dudar razonablemente de que todo lo que ha hecho el Padre ha sido por nosotros, por invitarnos y hacernos sentar a ese bendito banquete de bodas. Y también se nos ha explicado muchas veces cuáles son las condiciones para ello, las que tienen que ver con Dios y también con nosotros. Es preciso respetar la libertad y el proceder de Dios –su «condición», que diría Santa Teresa– que, no olvidemos nunca, es el amor, pero también la condición humana pues somos auténticamente libres y siempre podemos decir que no a Dios. Y es que el encuentro fecundo entre el Señor y cada uno de nosotros que acaba conduciendo, contando con nuestra fidelidad, a que nos sentemos, al comienzo y al final, a esta mesa de las bodas y del reino de Dios, solo se produce en el amor. Esta boda, pues, solo es por amor, por auténtico conocimiento personal entre la esposa y el Esposo, jamás por otras razones, pues como decía san Juan de la Cruz, con otras motivaciones como el interés, a Dios no hay ni hablarle. La lámpara, pues, y, sobre todo, este aceite que hemos de tener siempre a mano, no es sino este amor, es la fe, es la esperanza; esas virtudes grandes o teologales, infundidas de Dios en el hombre y que hemos de sostener con nuestro asentimiento, con un comportamiento que signifique obediencia a sus mandamientos, respecto por su acción en nosotros. Sin ello no hay entrada a la fiesta de bodas y, además, este aceite es algo intrasferible, nadie nos lo puede prestar ni compartirlo con nosotros. O lo conseguimos, guardamos y atesoramos cada uno o nos faltará en el momento decisivo. Ya las otras parábolas nos habían advertido, especialmente la de la invitación a la boda del hijo del rey: sin traje de bodas nadie permanece ni disfruta el banquete. Esta preparación y disposición es el verdadero trabajo de la vida cristiana y significa, poco a poco, dejarnos transformar, configurar interiormente para este encuentro decisivo, que ya comienza aquí. En la iglesia, con el Bautismo y los demás Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, vamos haciendo crecer nuestra provisión de aceite, el que nos será imprescindible para seguir adelante, para mantenernos fieles en la espera y en todas las dificultades, dudas, dilaciones, desvíos y hasta pecados que nos puedan acometer.