«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»

17 Oct 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Tras las grandes parábolas que escuchamos los domingos anteriores, el Evangelio se dirige a su final narrándonos los últimos encuentros tenidos por Jesús en Jerusalén, poco antes de culminar su Misión con la entrega de su vida en la Cruz. Ante Él, van pasando representantes de las principales sectas o modos de vivir el judaísmo. Hoy se presentaban los fariseos, los más estrictos y fieles en el cumplimiento de la Ley (cfr. Flp 3,5), muy queridos por el pueblo por su fidelidad religiosa y su nacionalismo. También eran notorios amigos del dinero. Parece que Jesús tenía muchos amigos fariseos, como Nicodemo (cfr. Jn 3,1ss.) aunque también polemizó con ellos, como señalan los Evangelios. Aquí son algunos de ellos quienes se le acercan, aunque con malas intenciones, pues habían acordado «comprometer a Jesús con una pregunta». En el enfrentamiento, les acompañan unos partidarios del tetrarca Herodes y le entran con una frase adulatoria, para ayudar a tender la trampa. Le dicen que les consta que es un maestro sincero que enseña, con verdad, el camino de Dios, sin fijarse en apariencias o temer otras opiniones. Ciertamente, pretendían confundirle pero lo que dicen también es cierto. También es un modo de presionarle –empujarle en este caso– para que «diga la verdad», no se ande con subterfugios en los que ellos eran tan duchos. Y realmente la duda o pregunta se las trae: en pagar o no el impuesto al César, Jesús se juega el favor del pueblo fervientemente nacionalista si dice que sí o la enemistad del César que lo podría considerar un revolucionario, si dice que no. Jesús, conocedor en profundidad de los hombres y de sus trampas y muy especialmente de aquellas de los fariseos, les da una respuesta a la vez ingeniosa y verdadera: a la vista de la moneda del impuesto, sobre la que está acuñada claramente la imagen y la inscripción correspondiente al César ‘reinante’ les pregunta a ellos que le digan de quien esa imagen y ese texto que con tanta alegría llevan en la faltriquera. Cuando le responden la verdad, que son del César, quien garantiza así la calidad del oro o la plata y permite el comercio que hace crecer la riqueza, Él les suelta la bomba, una respuesta que va más allá de ese momento concreto y en la que se ha querido leer la clave de las relaciones entre lo secular y lo religioso. Jesús les dice que si la imagen y la inscripción son del César, pues que le den al César lo que es suyo. Si se trata de dinero, no hay impedimento en pagar el tributo con el mismo dinero que ha contribuido a que ganan tanta riqueza; otra cosa sería tener que rendirle culto –algo que los romanos habían aprendido a no pedir a los judíos– o entregarle a los hijos o la propia vida a alguien que no representa a Dios sino a un estado muy bien organizado. Con el tiempo, estos estados perdieron toda prudencia y comenzaron a pedir los hijos para enviarlos a sus guerras con otros estados y en nuestros días, a exigir un determinado modo de pensar que ayuda a mantener el statu quo y que se transforma en un dogma falso y manipulador. Ciertamente, como en otras ocasiones, Jesús dice algo que va mucho más allá de aquella situación concreta y que nos ayuda a manejarnos en multitud de situaciones. Está separando el ámbito del César, como representante del Estado, y el ámbito de Dios que el interior y la conciencia del hombre, la luz que guía nuestros pasos y que nos lleva a nuestra auténtica meta que siempre estará más allá de este mundo y de sus logros. Dar a Dios lo suyo nos mantiene a salvo, crítica y vitalmente, de dejarnos arrastrar a realizaciones terrenas del reino de Dios. Nos ayuda a ver que el estado no es tiene ninguna entidad, sino que se reduce a una persona: entonces el César y los suyos, hoy decenas o cientos de miles. El conflicto siempre es entre esas personas y Dios, verdadero Rey y Soberano, en tanto que alguien intente usurpar que Él es el Rey que realmente cuida de los suyos, no se aprovecha ni los explota. El estado o gobierno no actúa en nombre de Dios o con su confianza, aunque sí puede y hasta debería, cumplir y hacer cumplir su ley que es la más alta justicia y el mayor progreso que el mundo ha conocido. Y es en esa Ley que todos seremos juzgados, también el César, los reyes, gobernantes y cuantos se cubren sobre esa falsa entidad que es el estado.