«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»

20 Jun 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Tras elegir y enviar a sus apóstoles encomendándoles la Misión que Él había recibido del Padre, Jesús les dio instrucciones, consejos y advertencias. Este capitulo de san Mateo se suele conocer como discurso misionero porque Jesús incluye en El casi todo lo que nos hace falta para dar testimonio de que en su Persona ha llegado el reino, la acción determinante de Dios entre los hombres. Cuando anunciamos a Cristo no hablamos de unas ideas geniales para cambiar el mundo sino de cómo ese cambio ya ha comenzado y que ha sido por iniciativa y realización de Dios. Por eso Jesús y nosotros, sus enviados, no nos quedamos en la mera compasión o en la ayuda material y física sino que lo que se pretende es restaurar la relación básica entre Dios y cada persona a fin de que el Señor pueda dar a cada uno todo lo que siempre deseo darle y que podemos resumir en el estar siempre con Él. Esta acción tiene tal fuerza y verdadera autoridad que muchos aquí abajo se han sentido, sienten y sentirán amenazados por ella y así usarán todos los medios a su alcance para impedir la Misión de los seguidores de Jesús, como recordaba la primera lectura que relataba la experiencia de Jeremías, uno de los principales profetas: la gente se burlaba de sus anuncios que ponían ante todos lo que nadie quería oír pero que era la verdad. Así se burlaban de él motejandolo como profeta de oscuridad y calamidades. Pero ni así hay que temer, nos recalcan estás últimas observaciones del Maestro. En primer lugar porque el contenido del Evangelio es la verdad y es así capaz de sacar a la luz todas las inconsistencias y todas las mentiras. La Palabra de Jesús es y hace la luz que es el mejor remedio para combatir la doblez y la oscuridad. En segundo lugar, los opositores no tienen un poder definitivo porqué, a lo más, solo tienen capacidad para atacar y destruir el cuerpo, lo exterior y material pero jamás el alma, el espíritu, sustancia de nuestro ser personal. Todo lo divino que hay en nosotros será preservado aún en la peor de las persecuciones pero hay que cuidar de que esa mentira no se nos introduzca dentro y contagie nuestra alma, esto es, mine nuestra fe o la confunda. La presencia de Jesús nos pone en manos de Dios, la situación más segura del universo. Él nos conoce porque nos ha creado, sabe y tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza; no nos olvida y siempre nos protege y además de sus criaturas, en Cristo nos ha hecho sus hijos queridos. Esto fundamenta desde lo más profundo nuestra misión y así es esencial que demos testimonio de Él y de la verdad con decisión, arriesgándolo todo. El Evangelio no es una doctrina meliflua para quedar bien con todos sino que es cuestión d vida o muerte. Ponernos de su parte es estar con Dios y con su Hijo, testimoniar en la vida y la historia su presencia y su oferta, hacernos partícipes de la salvación y la vida definitiva, arriesgándolo todo por ella (cfr. 1Cor 9,23).