«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer»

1 Ago 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

El reino de Dios que Jesús estableció en la tierra es mucho más que enseñanza, que palabras y doctrina. En él, la Palabra de Dios que es el mismo Jesús, obra en él la salvación de Dios. El reino se extiende, poco a poco, a toda la vida, es la familia amplia de Dios que se va haciendo realidad en este mundo, a la espera de poder culminar en el otro. Es la realización de la profecía de la primera lectura, y de tantas otras: Dios está aquí para darnos gratis todo aquello que necesitamos de verdad, en lo profundo del ser, aquello sin lo que no podemos ni vale la pena que vivamos. Jesús, en el Evangelio, muestra cómo y dónde Dios hace esto: siempre que encuentra a los suyos, a los sencillos, a aquellos que creen en Él y lo reconocen como revelación definitiva de Dios. A veces, Él los busca u otras veces, son ellos quienes le encuentran cuando Jesús busca la soledad, en el desierto, para estar con sus discípulos. Pero en un caso o en otro, Jesús siempre actúa igual: los atiende a todos y les da cuanto necesitan. Se «compadece» de ellos, esto es, se hace cargo de su situación desde el amor entrañable que Dios mismo experimenta por sus criaturas; por eso cura a los enfermos, les enseña que el Padre de todos quiere llevarlos a su reino, compartir con ellos su santidad, como dice la Antigua Alianza, hacerlos sus hijos, como dice la Nueva. Para sus discípulos, quizá, esto es un encuentro como el que tiene un predicador con quienes le escuchan, una vez, y por eso le dicen al Maestro que los despida una vez terminado el encuentro de enseñanza y curación. Pero Jesús les enseña que en su reino, en su iglesia, a la gente no se la despide con hambre, no se la deja con solo palabras, sino que se la acoge con todas las consecuencias. Así se lo ordena a los apóstoles –y a nosotros–: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Esto significa que se tienen –nos tenemos– que implicar directamente, con lo que somos y tenemos en alimentar a quienes han acudido para escuchar y ser curados por Jesús. Y así lo entienden los discípulos que sacan lo poco que tienen. Es una orden práctica que ellos responden prácticamente, con la realidad y entre todos reúnen cinco panes y dos peces, con lo que no tienen ni para empezar, ni para tomarse ellos mismos un aperitivo, cuánto menos va a llegar para toda aquella multitud. Pero Jesús no necesita más que esto, que aportemos lo que tenemos pues lo que va a hacer lo requiere: no va a crear los panes y los peces de la nada, sino utilizar lo que encuentra en nosotros. Desde el momento en que le traen los panes, el relato entra en otra dimensión y el encuentro con la gente se convierte en Sacramento, en acción directa de la gracia de Dios que obra, a través de Él, entre los hombres. Así, mandó a la gente que se acomodara, que se recostase en la hierba, abundante en aquel lugar, siguiendo el estilo de los grandes banquetes, incluida la cena de Pascua y la Última Cena de Jesús con los suyos: influidos por la costumbre griega (y romana) se comía recostados, como un signo más para expresar que se trataba de un banquete de hombres libres. Después, Jesús tomó los panes y los peces, oró, los bendijo, los partió, como hacía el presidente de la cena judía y los repartió a los discípulos, quienes, a su vez, los reparten a la gente ya acomodada. El texto deja clara constancia del prodigio: «comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras», es decir, hubo para que todos se saciaran (algo difícil de hacer en la antigüedad) y además sobraron doce cestas, como para el resto del pueblo, para las doce tribus de Israel. El relato concluye informando se habían comido unos cinco mil hombres, y esto sin contar mujeres y niños, es decir, una gran multitud, una buena representación del entero pueblo de Israel. Los intérpretes discuten si aquí se trata de la Eucaristía pero discusión técnica aparte, en el contexto de nuestra celebración podemos ver que sí: nos está enseñando que en nuestra propia reunión hay mucho más que palabras, mucho más que la Palabra de Dios y el Evangelio, pues está Jesús mismo. Es Él quien, en realidad, nos alimenta, tomando de lo nuestro: el pan y el vino, los peces, lo que seamos capaces de dar, se convierte en la realidad viva de su presencia. Con esto, no con ideas, con buenos deseos, es con lo que se nos invita a alimentar a la gente: con la carne y sangre mismas de Cristo, comida de libertad y auténtica inmortalidad.