«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas»

15 Ago 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

La Misión de Jesús es la instauración y sostenimiento del Reino de Dios en nuestro mundo, el verdadero Reino y no esos sucedáneos que nos han vendido ideologías, materialismos y hasta religiones. El Reino es la restauración del hombre al camino que abandonó apenas creado como relata el libro del Génesis (3, 23-24) y es la culminación obrada por Cristo, Hijo de Dios vivo y encarnado, de la historia de salvación reiniciada con plena consciencia del hombre en Abrahán (Gn 12) y sostenida por el pueblo de Israel. Pero estaba claro que la vuelta del hombre a casa, a su vocación y camino hacia Dios mismo, no podía excluir a nadie. Ya los profetas, como Isaías en la primera lectura: siempre hubo extranjeros, unidos «al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores», que guardaron el sábado y la alianza; a estos, el profeta promete que serán llevados al monte santo, al templo para que sean llenados de júbilo, como los verdaderos israelitas, en su casa de oración; que sus sacrificios serán aceptados en el altar; el Templo será realmente «casa de oración y así la llamarán todos los pueblos». Jesús mismo cita este mismo texto (Mt 21,13) cuando entra en el templo de Jerusalén en los días en que iba a llevar a plenitud ese mismo Reino. Pero todo esto ha de hacerse según Dios, cumpliendo «toda justicia» (cfr. Mt 3,15). La acción de Dios siempre «ordena», resitúa la realidad, no se contenta, como nosotros, con «revolucionar», esto es, poner arriba lo que estaba abajo y viceversa. Los gentiles serán admitidos en el Reino, por supuesto, podrán volver a casa, pero no gracias a la suerte, la magia, o que a ‘tomen al asalto el cielo’, sino a través de una actitud y virtud clave: la humildad. Es lo que nos muestra el texto del Evangelio con el relato de esta mujer pagana que, necesitada de curación para su hija, se acerca a Jesús dispuesta a afrontar todo lo necesario. Pues sabe que ella es pagana, que no tiene ningún derecho a los bienes que este Profeta, este Hijo de David, pero impulsada desde dentro y por su necesidad, no cesa de insistir a Jesús. Este, contra su costumbre que es asistir siempre y a todos, «no le respondió nada». Hasta el punto que intervienen sus discípulos, cansados y quizá un poco avergonzados de esta persecución, del qué dirán o pensarán de ellos si son vistos perseguidos por esta buena mujer. Jesús les explica que solo ha sido enviado a Israel, y a sus ovejas descarriadas. Esta es una mujer pagana que queda fuera del encargo del Padre. Ella aprovechó la ocasión para venir ante Él, postrarse y pedirle con toda humildad, aquí está lo importante: no viene con exigencias, no reclama derechos de supuestas minorías, no intenta chantajear («tentar») a Jesús ni siquiera apena a su más que notoria misericordia hacia cualquiera… del pueblo elegido; se limita a exponer su necesidad y a pedir ayuda, confiando en que Él se la puede dar. Cuando Jesús le explica la situación: el pan, la salvación que Él trae es para los hijos; hasta ella reconocerá que no está bien dar este pan a los perritos (Jesús usa la palabra que utilizan los judíos para referirse a los paganos pero mitigada, en diminutivo). La mujer lo reconoce pero añade, sin salir de su humildad, dialogando, que, en ocasiones, esos perritos pueden comer las migajas que caen de la mesa de los legítimos propietarios. La mujer, humildemente, extiende el argumento de Jesús, para que también a ella le llegue algunas de esas migajas. Es aquí cuando Jesús reconoce, en esta humildad, que la mujer tiene una gran fe, y que no la ha visto en nadie más entre aquellos a quienes ha sido enviado. Hacía poco había llamado a Pedro ‘hombre de poca fe’ cuando no pudo sostenerse en medio del mar tormentoso y el oleaje (Mt 14,31); un poco antes, en su aldea, nadie le creyó y «no hizo allí muchos milagros» (cfr. Mt 13, 54-58). Esta mujer tiene lo más importante, que es la fe, que es la obra divina en el alma de quien cree, la acción directa del Padre que hace reconocer a Jesús como el Hijo y por tanto, esperar de Él la curación y la salvación. A ella Jesús si puede dársela: su fe es tan grande, que se cumplirá todo lo que desee, la curación de su hija y la vuelta a la casa del Padre.