«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»

24 Oct 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

En estos últimos encuentros de Jesús con quienes se le oponen y quieren eliminarle, van saliendo algunas de sus enseñanzas más profundas. Este es el contexto donde todos aprendemos acerca de los mandamientos principales o fundamentales de la Ley de Dios. Jesús mismo dijo que no había venido a abolir esta Ley sino a darle plenitud, a cumplirla, y este texto se entiende mejor a esta luz: Él mismo desvela cuál es el corazón de esta Ley, en que realidades se asienta y donde encontramos siempre el principio y esencia de la vida cristiana. En este caso, es un escriba, un doctor especialista en la Ley quien le pregunta por su opinión en el debate abierto en el judaísmo acerca de cuál era el mandamiento principal entre los seiscientos trece preceptos, más o menos, identificados en el conjunto de la Ley del Antiguo Testamento. Jesús responde directamente señalando que «el principal y primero» es que «amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Y sin dejar que el escriba replique le regala también cuál es el segundo, que «amarás a tu prójimo como a ti mismo». No era entonces, como entre nosotros, una asociación inmediata. Los intérpretes señalan que Jesús usa un conocido método de interpretación exegética de los rabinos que consistía en entender o juntar dos textos basándose en que contengan un mismo verbo en el mismo tiempo; en este caso, se trata de «amarás», que se repite en ambos mandamientos y así, aunque no estén relacionados por el contexto, podemos relacionarlos por este motivo a fin de entenderlos mejor. Y realmente lleva razón, como Hijo de Dios que conoce la Ley como legislador que es y también como hombre exegeta, estudioso de la Escritura para encontrar en ella verdaderamente la voluntad de Dios. Porque amar por encima de todas las criaturas, en todas las circunstancias y con toda la capacidad humana, a Dios, como Creador y como Padre es el origen de toda vida realmente religiosa y humana. Significa responder al amor originario, que viene de Él, reconocerle como Quien Es, Padre y Creador. Este amor no se refiere a un sentimiento, sino a un deber, una «obligación» en el mejor sentido de la expresión: es el corazón de la Alianza entre un Dios que nos crea y no nos abandona sino que nos busca, soporta y rescata las veces que sean necesarias y que el modo de acoger, percibir, disfrutar este amor es devolviéndolo, amando también con toda el alma a Aquél que tanto nos ama. Pues como escribió san juan de la Cruz “amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, y así ama al alma en sí consigo, con el mismo amor con que él se ama”. Así comienza la aventura que es la vida de fe: se trata de caer en la cuenta de como hemos sido amados, de cómo somos amados y de responder también amando, como Él hace, amarlo con el amor con que El mismo nos ama. Y no se trata aquí de sentimientos sino de mandamientos, de hacer su voluntad haciendo realidad su Palabra en nuestra vida. Eso significa cumplir ambas tablas de los mandamientos: la primera, referida a Dios mismo, que consiste en respetarle en su ser y en su nombre, no usando éste excepto para alabarle, pedirle, dar testimonio de este amor que nos constituye. También forma parte de esto el deber de darle culto, esto es, la virtud de religión propiamente dicha, celebrando su acción y dándole gracias tal y como Él mismo nos indicó cómo hacerlo. Pero amarle es también cumplir la segunda tabla de los mandamientos, los que se dirigen al prójimo, desde los más cercanos –los propios padres y familia– hasta todos los del pueblo y aún a los extranjeros o que no creen y viven con nosotros e -y esto ya roza lo increíble– llegando incluso hasta a los mismos enemigos. Así no hay que matar, ni robar, ni desear lo del otro ni maltratarnos a nosotros mismos rebajándonos en nuestra dignidad por un desahogo o algo de placer físico. Jesús mismo vivió hasta el extremo, hasta el límite estos mandados de Dios, respondiendo, por tanto a su Padre y nuestro Padre, también como hombre que era, al Infinito Amor que nos constituye y sostiene. Es por eso que puede resumir y ordenar toda la Ley, toda la vivencia de la Alianza, de una vida auténticamente humana porque así camina hacia su verdadera meta, la comunión plena con Dios y entre nosotros.