«Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos»

13 Jun 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Retornamos a los domingos del Tiempo Ordinario, a leer y celebrar especiales fragmentos del Evangelio que nos acompaña este año, San Mateo. Y lo retomamos con el fragmento en el que Jesús, dentro del ministerio que desarrolla su Misión, confía ésta a sus discípulos, consciente de que no podría, en su vida temporal, llevarla a término aunque la culminase como la culminó en la Cruz, Muerte y Resurrección. Porque la Misión de Jesús que nació en el seno mismo de la Trinidad, cuando el Padre lo envió para revelar su verdadero rostro y conducir a Israel a la plenitud de la revelación y a todos los hombres al conocimiento de Dios y la meta verdadera de la vida humana, que es la filiación divina y la verdadera fraternidad, necesita ser continuada en todas las generaciones y todas las épocas. La primera lectura expresaba así este propósito: «seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Lo que Dios quiere es que seamos un pueblo santo, es decir, compartir con cada uno y todos y su misma vida, su «santidad» que no es sino su naturaleza, su ser apartado del mundo y de nosotros y que no podríamos alcanzar sino porque Él nos lo quiere donar libremente. Para esto se encarnó su Único Hijo, Jesús, quien, cuando a Él bien le pareció, inició su ministerio, que nos narra el Evangelio. Este ministerio consistía en anunciar esta Buena Noticia de la presencia efectiva de Dios que ha puesto en marcha la última etapa de la historia salvífica, con palabras y con obras, gestos efectivos que manifiestan a las claras el amor de Dios en la acogida y curación de los pobres, de los que no cuentan, de todos los apartados de esa sociedad. Aquí situamos este fragmento del Evangelio: al encontrarse con todos estos que son muchedumbres, y con todos en general –pues Jesús sabe que cada hombre necesita este toque de parte de Dios– confiesa ante los suyos su compasión. Entonces y en cada época, los hombres y las masas están extenuadas y abandonadas, no tiene pastor, nadie se ocupa de ellos sino es para aprovecharse o contar con su fuerza de trabajo y como carne de cañón o –modernamente– con sus votos y, más todavía, como carne de cañón para tanto movimiento, revolución o renacer espiritual como va surgiendo para interés, generalmente, de unos pocos. Pero a Jesús le interesaba, le interesa cada hombre, le interesamos cada uno de nosotros y no para utilizarnos en ningún plan oculto o extraño sino para, primero de todo, acogernos, curarnos, redimirnos, llamarnos a conversión (a cada uno el «tratamiento» que le devuelva a su condición humana verdadera de hijo de Dios y hermano de los demás). Ante este panorama, repetido una y otra vez en la historia, y desde hace unos siglos, más acuciante que nunca, especialmente ante la pérdida de los auténticos valores espirituales, Jesús declara que le hace falta ayuda, que la mies es y será inmensa, que el rebaño es demasiado grande para lo que Él puede abarcar y le necesita a Él, como Pastor, pero también a pastores que hablen y obren según lo aprendido de Él. Y antes que nada, lo que les pide y nos pide es orar: «rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies», recordándonos que a estos pastores los tiene que llamar y enviar Dios en persona, como al mismo Jesús. Después, Él mismo, llamó a los suyos y les compartió su autoridad sobre el mal, una de las raíces del sufrimiento de los hombres, y para curar toda enfermedad y dolencia, otra de estas raíces que causan extenuación a la humanidad. A continuación, llamó por su nombre a doce de entre ellos, su colegio apostólico y los envió, como el Padre lo había enviado a Él con unas instrucciones muy concretas: la primera, ir a las ovejas descarriadas de Israel, que es el primer compromiso de Dios, evitando lo que hoy llamaríamos «populismo». El anuncio de la nueva Alianza es, primero, para los judíos, los elegidos de la primera alianza. Los apóstoles deben evitar tanto a los samaritanos como a los paganos, no deben buscar un éxito fácil que se basa en la novedad del mensaje o en una supuesta apertura, que sería en realidad una rebaja, de la exigencia y un subrayar el don, como si Dios olvidase la vieja historia de la salvación con sus éxitos y sus fracasos. Ciertamente, la salvación llegará a los samaritanos y a los paganos, pero en su momento, cuando se cumpla la entrega de Jesús y el perdón de Dios sea efectivo y actuante para todos. Pero, sobre todo, les envía a caminar proclamando el reino de los cielos, esto es, las palabras y las obras de Jesús, haciendo ni más ni menos lo que Él estaba haciendo y, algo muy importante, haciéndolo gratis, como Dios mismo en Cristo lo está haciendo.