“Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”

19 Sep 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Hoy hemos escuchado una de las grandes parábolas con las que Jesús nos enseña cómo procede el reino de Dios que ha establecido en nuestro mundo. Y para ello, nos invita a reflexionar en sus propios gestos y acciones. El reino ha llegado con Él, así lo proclamado ‘oficialmente’ en el Discurso de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y lo ha puesto en marcha llamando personalmente a sus discípulos (4,18ss.). Esto es, todos hemos tomado contacto con el Reino merced a una llamada suya, que se ha concretado para cada uno en nuestra conversión, en nuestro Bautismo. Para esto no hay tener una edad, la llamada viene a todas horas, el Señor sale y pasa cada día, desde la mañana hasta la entrada de la noche, hasta el momento mismo en que reino culmine y vuelva Jesucristo. La llamada no es para formar parte de una élite o de un club, sino para trabajar, para ayudar y continuar la Misión que el Padre mismo encomendó a su Hijo y en función de la cual, éste llama. El trabajo conlleva un salario, no puede ser de otra manera pues no podemos vivir del aire («bien merece el obrero su sustento», Mt 10,10), un salario convenido y aceptado y que es suficiente para sostenernos. Dios siempre paga lo debido, y es «buen pagador», como testimonia Santa Teresa («¡Que es muy buen pagador y paga muy sin tasa!», Camino 37,1). El trabajo del reino es terreno, hay que hacerlo con toda el alma, pero también con todo el cuerpo y así necesita ser sostenido. También esto le da plena realidad: el trabajo en el reino cambia a las personas, las familias, comunidades, debe cambiar la sociedad y para ello requiere toda nuestra preparación y pericia.. La parábola también subraya que para el Señor no hay mejores o peores candidatos, lo único decisivo es que estén libres, sin trabajar, que lo necesiten y que acepten hacerlo. La conclusión de la parábola nos revela mucho más sobre el obrar de Dios y cómo es tan distinto del nuestro, como decía la primera lectura: «mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». La recompensa que reciben todos es siempre la misma, para escándalo de muchos, ya que parecería que Dios no tiene en cuenta los méritos ni la excelencia, ni la dedicación o el tiempo empleados, si le hemos dado la vida entera o solo unos pocos años sobrantes. Pero es que, en realidad, como dice san Juan de la Cruz, el Señor da siempre la misma recompensa, pues no puede dar otra: se da a sí mismo. Dios no se da poco a poco, no nos dio a Cristo poco a poco sino todo de una vez, pues en Él «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). Lo envió para que diera todo de sí y hasta la propia vida, hasta la última gota de sangre. Y Él es también su recompensa: Dios no da cosas o regalos, sino a sí mismo. Aunque también es igual de cierto que solo puede darse cuando nosotros también nos damos por completo, eso también lo enseña san Juan de la Cruz. Por eso dice la parábola que los primeros recibirán tanto como los últimos y viceversa, que el salario por trabajar en la viña del Señor es ese «denario», que en esta vida es una realidad limitada y se vive en la fe y que después de la muerte se ensancha y llega su plenitud convirtiéndose en la misma Visión de Dios, en la comunión profunda y total de vida en la Trinidad, a través del Cristo y del Espíritu, hasta alcanzar al Padre, para compartir la misma vida divina. A menudo perdemos el tiempo mirando al crecimiento o la vida cristiana o interior de los demás, sin preocuparnos de lo que más nos importa: de que también hemos sido llamados y que nuestra mayor preocupación y gozo deber responder a esa llamada, trabajando con constancia y humildad en el espacio concreto de la viña del Señor que nos haya tocado.