«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»

31 Oct 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Este domingo se une, se ilumina desde dentro, podríamos decir, con esta Solemnidad de Todos los Santos con la que coincide. Como cada año, en este fiesta se nos recuerda la verdad más profunda de nuestra fe cristiana: que Cristo, con su venida y Encarnación, con su vida de servicio y entrega a todos, empezando por los más pobres y necesitados y, sobre todo, con su Muerte y Resurrección, Ascensión y el Envío del Espíritu Santo desde el Padre, nos ha redimido, restaurado, haciéndonos capaces de fundar nuestra vida sobre la Amistad con Dios, a la que los primeros hombres renunciaron. Celebramos que en nuestro camino por este mundo y esta vida, don maravilloso de Dios aun con sus negatividades y sufrimientos, venimos de Dios, de su amor gratuito que nos ha hecho y nos dirigimos, acabaremos, si somos fieles, otra vez en Él, compartiendo la misma Vida del Dios Trino para siempre. Esta es la santidad, no una excelencia de vida, aunque también se la pueda ver así, sino, sobre todo, el poder alcanzar nuestra meta y fin, aprovechando todos los dones y bienes que Dios ya comparte con nosotros aquí y ahora. Recordamos y celebramos que es este Santo, que no es quien hace grandes cosas por Dios sino quien permite, eso sí, con todas sus fuerzas, que Dios haga muchas cosas por él, sobre todo la más fundamental que es reconstruirlo desde dentro para que pueda ser hijo suyo y hermano de todos. Por eso la primera lectura nos recordaba este final, esta meta: el Vidente del Apocalipsis nos lo anuncia desde la única perspectiva, la de Dios, desde la que se percibe la auténtica verdad del hombre. Lo que se ve desde el cielo es la cantidad de los «marcados», esto es, todos los hombres que Dios quiere señalar, esto es, incluir como seguidores de su Hijo Muerto y Resucitado, el Cordero. Este número es simbólico, como tantas cosas en el Apocalipsis, compuesto al multiplicar doce por doce, siendo este el número que indica la totalidad (las doce tribus, por ejemplo) del pueblo de Dios. Pero es que, además, tras ellos o con ellos, se encuentra «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» y todos están de pie, esto es, vivos y campantes, ante el Trono, superadas todas las dificultades, peligros y sufrimientos. Estos son los Santos, aquellos que ya han llegado a la meta y comparten, efectivamente, la vida de la Trinidad, son hijos del Padre y en el Hijo, transformados interiormente por su Santo Espíritu. Y el Evangelio nos recordaba esto mismo desde nuestra perspectiva: todos aquellos que ahora están ante el Trono de Dios y lo van a compartir (cfr. Ap 3,21) han caminado en esta vida a la luz de la Bienaventuranzas: con la perspectiva de compartir el reino de los cielos, heredar la tierra, experimentar la misericordia, ver a Dios, ser llamados sus hijos, poseer y habitar verdaderamente en el reino de los cielos, asumen con ánimo y alegría la pobreza, viven con mansedumbre, pasan por innumerables sufrimientos y desprecios, sufren la injusticia, practica, pese a todo, la misericordia, siendo, a la vez, calumniados, perseguidos, «cancelados». Pero han sabido y saben y ahora también sabemos nosotros que carencia, cada renuncia al abuso, cada lágrima y dolor, cada esfuerzo en búsqueda de la justicia, cada gesto de compasión y misericordia, cada renuncia a mancharnos con el egoísmo y la codicia, cada gesto interior y exterior hacia la paz y toda la fidelidad en la persecución y el desprecio de los demás, solo tiene pleno sentido como avance en la colaboración con esta verdadera redención y restauración de todo el universo iniciada por el Hijo de Dios y sostenidos por Él.