Hoy la Palabra nos recuerda, para pensar y vivir, otras dos cuestiones esenciales en el corazón mismo de la celebración pascual: que la iglesia existe para continuar la Misión de Jesús y evangelizar a todas las naciones, y para hacerlo una y otra vez, en un tiempo y el siguiente, hasta que el Señor vuelva (primera lectura); el Evangelio nos habla de que la misma iglesia no sería posible, no tiene vida real, sin el Don de Jesús y de la Pascua que es el Espíritu Santo. Respecto de lo primero, la primera lectura nos recordaba y enseñaba cómo funciona la auténtica evangelización. Es, primero, dar testimonio de Jesús, anunciar su Misión entre nosotros y como término, su muerte y resurrección. No hay que esperar a que otros o los medios de comunicación, por ejemplo, lo hagan por nosotros, y menos que lo hagan bien. Tenemos que hacerlo nosotros y siguiendo la Palabra misma de Jesús, hablando de ello con toda verdad y libertad, transmitiendo la Palabra misma que nos llegó de los testigos primeros y directos, aunque usando, eso sí, los medios que consideremos hoy más adecuados. Pues, además, vivimos en un contexto histórico y social en el que muchos están como «vacunados» contra el anuncio de la Iglesia, así que hay que intentar nuevos modos y formas, pero sin escatimar nunca la Verdad, que, como sabemos, es el mismo Cristo. Y cuando se le anuncia así, y la algunos o muchos o los que sean, creen, hay que ponerles en manos de la Iglesia, la familia entera de los creyentes. Creer que Jesús es el Salvador ilumina la vida de cada uno, nos reconecta con Dios, hacia arriba, y con los demás, hacia los lados, pero es solo el comienzo. Es el principio de una nueva vida, que la Iglesia, como verdadera madre debe acompañar y así nos lo enseñaba la lectura: los responsables de esta evangelización se dan cuenta de esto y envían a quien puede remediarlo, a los apóstoles. La acogida del Evangelio no se convierte en camino de salvación hasta que no se recibe el Espíritu Santo, que el don divino que es Dios mismo, es la Presencia Viva de Jesús entre los suyos y en cada uno que lo recibe, y de esto nos hablaba el Evangelio. Jesús mismo enseña ahí que amarle no es pensar que se le ama, sino guardar efectivamente sus mandamientos, que es el modo humano concreto de vivir Jesús y lo que Él recordó y mandó («fusionémonos con él, y fusionémonos mediante las obras», como decía san Juan Crisóstomo). El amor a Cristo es comunión efectiva de vida con Él y lleva a la comunión efectiva con Dios Trino, haciéndonos hijos de Dios, morada y templo del Espíritu Santo: «el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él», como dice el mismo Evangelio un poco más adelante (14,23) y esto pasa porque Jesús pida para nosotros a este otro Paráclito, «que esté siempre con vosotros», más claro no se puede decir. El Paráclito no es un don al mundo, que no puede recibirlo (Jesús sí, es el Don general que cualquiera podría recibir, pues llega al mundo por la puerta, por el hombre, siendo hombre Él también), ya que no lo ve ni lo conoce pues para ello es precisa la comunión con Jesús y la guarda de sus mandamientos. Gracias al Espíritu, Jesús no nos deja huérfanos, sino que vuelve a nosotros, como Iglesia y a cada uno. Para ello es imprescindible participar de la vida eclesial, escuchando, entendiendo y aplicando la Palabra en la propia vida y viviendo la celebración de los Sacramentos, muy especialmente la Reconciliación y la Eucaristía, para tomar contacto personal con Cristo y el Espíritu y se vaya reconstruyendo y transformando nuestra vida personal. Esto significa saber que Jesús está, de verdad, en el Padre, y nosotros en Él y Jesús en y con cada uno. En definitiva: la Pascua es el modo de vida ordinario de la Iglesia, es comunión viva con Jesús, guardando sus mandamientos, recibiendo el Espíritu y viviendo gracias a Él dentro de nuestra nueva y verdadera familia, que es la Iglesia.


