«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»

25 Jul 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Hemos escuchado el final del discurso de las parábolas del Evangelio de san Mateo, que concluye afirmando el valor, la fuerza y la operatividad de este bendito Reino de Dios a cuya realidad las parábolas tratan de aproximarnos. Las dos primeras afirman que el Reino es lo mejor que nos puede pasar, lo más importante que podemos encontrar, de tal modo que su posesión, acceder a él, vale la pena dejarlo todo, ofrecerlo todo. A veces, cuando se presenta o se escucha el Evangelio lo consideramos como una especie de discurso de autoayuda, esto es, que Dios está ahí, como una realidad más, como una de las grandes ayudas de la vida y que es posible tener a Dios como amigo junto con todas otras cosas como bienes, ideas excluyentes, afectos totalizadores, las demás realidades hermosas que nos ofrece la vida. Dios estaría junto a ellas, ayudándonos en Cristo a lidiar con nuestra vida, con la que hemos elegido, sería alguien muy generoso que acepta y acoge lo que vamos decidiendo y nos sostiene en ello tal y como nos dejamos. Pero esto no funciona porque no es así: o Dios y su Reino son lo primero, lo más importante, el real y verdadero fundamento de nuestra vida porque lo hemos elegido con todas sus consecuencias o no nos «sirve» de mucho. Por un lado, si de verdad hemos encontrado la acción de Dios en su Reino, no nos debería costar dejar todas las demás cosas: «lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene» y por otro lado, esto que hemos encontrado es el verdadero sentido de la vida; al descubrirlo, caemos en la cuenta de su valor incomparable, de que es el amor auténtico, lo que más vale en este mundo y en el otro. La siguiente parábola, por su parte, nos recuerda que esta operatividad del Reino está realmente presente y actúa. Que está aquí para «pescar», para salvar para la vida a todos cuantos pueda agarrar, pues no hay que olvidar que este Reino es, todavía, una realidad terrena y por tanto, limitada. En cuanto realidad humana de la cercanía divina, el Reino rescata, acoge a todos los que puede pillar o pescar, literalmente, aunque estos todos han de saber que su vida, sus obras, sus frutos, serán examinados al final. Que no basta con dejarse «pescar», salvar, justificar sino que después se ha de vivir en consecuencia, en coherencia con el bien salvífico recibido, pues si no es como si no se hubiese recibido. Si no, tendrán que atenerse a las consecuencias. El discurso concluye con una observación o testimonio de quién es realmente quien escucha y vive esta sabiduría del Evangelio. Como en el sermón de la montaña (cfr. Mt 5,17-18), la novedad de Cristo no anula porque sí lo valioso y verdadero de la antigua alianza, no ha venido a abolir y cambiar, sino a dar plenitud, y sólo Él podía hacerlo. Hay mucha sabiduría, muchas parábolas en el antiguo testamento que se pueden y tienen que aprovechar; toda la revelación sigue teniendo valor y sigue hablándonos hoy día, el discurrir del tiempo y la vida le saca siempre nueva luz y vida. La destreza del escriba del Reino de Dios que ha inaugurado Jesús consiste en tomar con sentido de lo uno y de lo otro para que lo nuevo se sustente en lo antiguo, en la antigua promesa que ahora se cumple y lo antiguo se sepa llegado a esa plenitud, a la meta que siempre se había buscado y que ahora es real gracias a la vida y entrega de Jesús.