Jesús es el Mesías y el Señor (primera lectura), manifestado al mundo entero como tal por su muerte y resurrección, por su ascensión y por enviar, desde el Padre, al Espíritu Santo. Ya era el pastor y guia de aquellos primeros discípulos, hombres de mujeres, de recia o dudosa moral cuando se encontraron con Él, pero ahora es decididamente el Pastor de toda la Iglesia y desea serlo de toda la humanidad. El Evangelio nos recordaba que es todo esto porque ha entrado por la puerta, ha llegado cerca de nosotros por donde tocaba, por donde le podemos reconocer, tomando nuestra carne, vida y circunstancias y asumiendolas para así poder transformarlas. Nuestro Pastor es un hombre que habla palabras humanas, aunque siempre son verdaderas y actúa en nosotros y nuestra vida desde su Humanidad glorificada. Por eso continúa entre nosotros, nos llama por el nombre, nos saca fuera de los encierros o refugios donde estemos y camina delante de nosotros hacia la meta, el destino al que siempre quiso llevarnos el Padre. Tras Él caminamos, reconocemos su voz pues habla lo que entendemos y también lo que deseamos más en el fondo. Y si este camino supone esfuerzo (niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón) también sabemos que nos lleva a vivir a un nivel y una profundidad que nunca habríamos alcanzado solos. Con Él seremos libres, entraremos y saldremos, tendremos una auténtica vida y siempre hallaremos pastos, esto es, el verdadero alimento. Pero si Jesús es el verdadero y único Pastor es por entrega hasta la muerte y su resurrección. Esto le constituye de en la Puerta, el acceso a los bienes de Dios. Todo pastor ha sido elegido por Él y consagrado y en medio del pueblo para ser también puerta o puente, como afirma después la tradición recogiendo ideas y realidades del contexto e interpretándolas a la luz del Pastor verdadero. Pero hay otros que o no fueron elegidos o se comportan como contrarios al Pastor. Vivimos tiempos de crisis, de incertidumbre y tenemos todos la gran tentación de seguir a quien más grita o más hace, o eso parece, al menos. Si no cuidamos nuestra relación vital con el Invisible y su realidad divina, nos encontraremos siguiendo a cualquier hombre que reclamé para sí el poder que se le ha conferido o que ostenta y setenta como única autoridad y es fácil que sea un engañador o un ladrón como dice el Evangelio. Estos se reconocen porque no han entrado por la puerta verdadera, que es dar la vida, como el Pastor y que solo buscan dividir, consolar, que nos contentemos con lo que hay o nos dan y no busquemos ni luchemos por el Pastor y por el rebaño que Él ha reunido y salvado para contentarnos con lis brillantes pero pasajeros -y en el fondo falsas- logros de este mundo.


