Hemos escuchado hoy el final del llamado «discurso misionero» del Evangelio según san Mateo, el conjunto de instrucciones de Jesús a sus discípulos y apóstoles una vez que los envía (Mt 10,1-5) a hacer y decir las mismas cosas que hacía y decía Él y que tenían por objeto manifestar la presencia real, histórica, «operativa» del reino de Dios entre los hombres, precisamente, en la persona de Cristo. Las instrucciones de Jesús no son un manual; incluso es complicado encontrarles una lógica determinada o, siquiera, un esquema diríamos, «práctico», en nuestro lenguaje y concepción de lo que hoy entendemos por unas instrucciones. La verdad es que el Evangelista ha querido reunir aquí palabras verdaderas de Jesús quizá pronunciadas en otras ocasiones pero que, en su opinión e inspiración, tienen mucho que ver con el tema. Esto hace que sea difícil interpretarlas, incluso, posibilita ir sacando de estas palabras nuevas interpretaciones y aportes a lo largo de la historia y las circunstancias que vayamos atravesando. No obstante, las verdades de fondo también están claras y fundan y sostienen todas las interpretaciones. Así, el fragmento de hoy comienza con unas palabras de Jesús que recuerdan lo irrenunciable del Evangelio, de su vivencia y, también, por supuesto, de su anuncio: aquí se trata de hablar de Cristo y de hacerle presente y solo bajo esta premisa tiene valor la Misión, la proclamación del Evangelio. Sólo quienes quieren a Cristo por encima de todas las cosas y personas, más que a su padre, madre, familia, más que a sus logros o a su misma vida. Solo este es digno de llevar también el mensaje; tampoco es digno quien no sigue efectivamente a Cristo, llevando su cruz, como dice Él mismo. Es la adhesión personal (amor, cruz) hacia su Persona lo que posibilita llevar adecuadamente su mensaje, convertirse en verdadero apóstol y misionero. No se trata de repetir unas ideas con más o menos aplomo, tesón, originalidad sino de repetir una vida de amor, entrega y servicio. Porque amar a Cristo más que nadie ni a nada es vivir la comunión directa con Él y llevar su cruz es llevar este amor hasta su final y conclusión. Como escribió san Juan de la Cruz: “todo lo que el alma pone en la criatura, quita de Dios” (3S 12,1). Por eso quien «pierda» así su vida, por Él amándole y siguiendo sus pasos hasta la entrega completa, por todos, es quien la salva, quien ha acogido verdaderamente el Evangelio que lleva a otros. La última parte del discurso nos habla de los que acogen el mensaje, así como el domingo pasado se nos habló de quienes se oponen y lo rechazan. Este mensaje es que Dios ha decidido actuar de una vez y para siempre en la vida de las personas y por ello el hecho de acogerlo siempre es un cambio positivo, siempre obra ese bien que necesitamos, como nos recordaba la primera lectura: el profeta Eliseo, también portador de la Palabra, quiere hacerle un regalo a esta mujer que lo acoge y atiende cada vez que pasa por su casa y no le da una simple gratificación sino lo que ella más desea y no puede alcanzar en sus circunstancias que es un hijo. El Señor es el mejor «pagador», como decía Sta. Teresa y todo el que le acoge o ayuda aunque sea del modo más simple, recibe una recompensa acorde no solo con su servicio sino a la medida de Quien está sirviendo. Pues Dios, cuando se da, no puede sino darse a sí mismo, lo que de verdad quiso siempre y aún quiere darnos no es menor que compartir su misma vida.


