«El que coma de este pan vivirá para siempre»

6 Jun 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Esta Gran Fiesta del Corpus Christi es la celebración, práctica, vital, realista de lo recordado y celebrado en la Pascua, así como la pasada Fiesta de la Santísima Trinidad es como la síntesis, el resumen. En la Eucaristía, cada domingo y hasta cada día si queremos, revivimos la culminación de la Misión de Cristo, de la redención, la vida nueva que nos ha conseguido gracias a su Encarnación, Muerte y Resurrección y que ha insertado en nuestra vida mediante el envío del Espíritu Santo. Ya lo vimos y celebramos el mismo Jueves Santo, en el comienzo mismo del Triduo Pascual: aquella noche especialísima Jesús se reunió con los suyos y cambió para siempre la Tradición, la Alianza, fundando, con su entrega, una completamente nueva, aunque, como siempre hace Dios, respetando y consolidando todo lo realizado antes. Nos lo recordaba la primera lectura: la vida de los creyentes es como aquel paso y peregrinación por el desierto que hizo Israel desde la esclavitud hacia su libertad. Fue un tiempo de prueba para que cada caminante descubriese su verdad y su posición real respecto de Dios. Así, hubo muchísimas dificultades, hambre incluida, y todos fueron remediadas al modo de Dios: con el maná y con el agua que salía de la misma roca, signos de su Presencia y de su compromiso con alimentar no solo nuestro cuerpo sino, sobre todo, nuestra alma. El maná les hizo comprender «que no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios». Ellos habían emprendido este camino para encontrarse con su Dios, el que los había hecho, en Abrahán y los patriarcas, un pueblo. Esto no era una idea, sino una gozosa realidad que se manifiesta cuando se reúnen como comunidad de culto en las faldas del Monte de Dios. Ahí el Señor les revela el culto que deben darle, los sacrificios materiales y espirituales que mantendrán la comunión viva con Él. Cuando Jesús se sentó aquella noche santa a la mesa con los suyos, tenía presente todo y mucho más. Aquella Cena era el definitivo encuentro con Dios en esta vida, hasta que Él pudiera y quisiera volver. Ciertamente es banquete y encuentro de comunión, con Él y entre nosotros, y lo es porque antes es sacrificio. En la Eucaristía no comemos solo recuerdos hermosos y palabras verdaderas, las de Jesús, sino que comemos realmente su Cuerpo y su Sangre entregadas con este fin. El Evangelio es la segunda parte del discurso de Jesús sobre el Pan de vida que tiene toda una primera parte que habla de este Pan, primero, como Palabra de Dios, la Luz que baja de lo alto y que en Cristo nos enseña la verdad. Pero este Pan es también la carne de Jesús entregada para la vida del mundo. La expresión viene del hebreo y es equivalente a su versión griega y litúrgica en los relatos de la Institución de la Eucaristía de los Evangelios: ‘tomad y comed, esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros’. Jesús revela así el sentido de lo sucedido aquella noche que no era sino adelantar y abrir nuestra participación a lo que sucedió unas horas más tarde en el Calvario. Jesús identificó conscientemente este Pan y Vino con su Cuerpo y Sangre, que iba a entregar en la Cruz para llevar a su cumplimiento su obediencia al Padre y lo convirtió también (‘haced esto en memoria mía’) en el corazón de su comunidad e iglesia, el lugar donde su Presencia viva y su entrega mantendrán siempre viva y actuante su redención. Por eso se quiso específicamente quedar en este Sacrificio para que siempre podamos revivir en nuestra propia carne y sangre, en nuestro tiempo, cada domingo y cada día, si queremos la síntesis y culmen de todo lo que hizo por nosotros y que sigue vigente y actuante. Y se nos dice además que es algo completamente necesario: solo comiendo esa carne y bebiendo esa sangre se recibe la vida eterna. Y quien no, pues «ni eso ni esotro»: no comer la carne del Hijo del hombre y no beber su sangre es no querer tener vida en nosotros. La única vida que merece la pena, la que da Dios, solo se obtiene sentándonos a esta mesa y compartiendo este Sacrificio. Solo aquí, con Cristo, en definitiva comiendo juntos su Carne y su Sangre, reencontramos quienes somos: humanos, lo primero, necesitados de apoyo y de alimento; y hermanos, lo segundo, llamados por Dios a una vida más allá de lo que vemos o sentimos y que se nos transmite comulgando el Pan y el Vino de la Eucaristía. Los judíos se preguntaban cómo podía hacer Jesús eso posible porque no entendían que Él iba a entregar su vida para hacer real esta transmisión de la verdadera vida humana (vida de hijos de Dios que nos hace hermanos unos de otros). Jesús se levantó de aquella mesa e hizo la voluntad de Dios hasta el final y así aquella carne entregada y sangre derramada nos pueden transmitir la vida divina, como siempre quiso hacer el Padre. Por eso, este es el verdadero Pan del Cielo, porque ha bajado de Dios y da, efectivamente, la verdadera vida humana y la vida eterna a quienes lo comen para poder ellos también entregarse.