«Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí»

2 May 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

En los domingos de Pascua, la Palabra de Dios nos conduce para comprender y vivir la Resurrección del Señor, origen de nuestra Iglesia a partir de cómo la misma Iglesia vive su Misión, especialmente en su desarrollo y apostolado (primera lectura) y desde su mismo corazón (Evangelio). Desde el primer aspecto, vemos como el nuevo pueblo de Dios crece y a medida que lo hace ha de adaptar su estructura, como una planta que se va haciendo más grande y va sacando de sí misma, de su esencia por decirlo así, lo que va necesitando para acomodar su vida a las nuevas circunstancias. En este caso, se trata de un paso importantísimo, pues la Iglesia, compuesta ya de judíos y de griegos (gentiles) se da cuenta que no puede llegar a todo con la estructura que le ha dado el Maestro, los Doce Apóstoles, que estos ya no llegan para servir a todos los que se van incorporando, que esta jerarquía original se ha de doblar, desarrollar, crecer para alcanzar a servir a todos, para llevarles la atención material pero también, como pronto se mostrará, también la Palabra de Dios y los bienes espirituales. La Iglesia siempre reparte, siempre que repartir ambos bienes: cuidarse de lo material, de la atención a las personas pero con el objetivo final de llevarlos al conocimiento de Dios, a la luz de la Revelación, a la realidad de ser hijos de Dios y hermanos de todos. Los ministros, enseñaba el texto, están para esto: para que todos se sientan acogidos y para darles los verdaderos bienes que tiene la Iglesia, los que vienen del Espíritu mismo de Dios. En el Evangelio nos adentramos en el Cenáculo para conocer de labios mismos de Jesús el fundamento de la vida y el desarrollo de la Iglesia. Estos textos del Evangelio según san Juan se entienden perfectamente desde el planteamiento de Jesús que vuelve al Cenáculo tras la pasión, muerte y resurrección y explica en detalle todo lo sucedido y todo lo que sucederá, que esto fue, en sustancia, la Última Cena. En este texto en concreto, Jesús nos habla de la meta a la que nos quiere llevar, que nos ha preparado y prepara, y del camino para llegar a ella. Para ello, nos llama a no tener miedo, que no se turbe nuestro corazón. La fe en Dios y la fe en Él es la base, la luz, el verdadero regalo de Dios que nos hace conocer a su mismísimo Hijo encarnado por nosotros. El vino para prepararnos y llevarnos de vuelta al Padre, su Padre y nuestro Padre. Ahí está nuestro lugar, nuestra morada, una para cada uno, nuestro auténtico ser llevado a plenitud, a su completa potencialidad. Este tiempo de vida eclesial, hasta que Él vuelva, tenemos que entenderlo como esa necesaria preparación, purificación, cambio de mente y de vida que nos lleva donde queremos, y ahora también, podemos ir. Y si le preguntamos por el camino para llegar ahí, nos responde como a Felipe: que Él es el camino, la verdad, la vida. Conocerle a Él es conocer, «ver» a Dios. Y la vida como discípulos, seguidores suyos por este camino, en esa verdad y hacia esa vida, nuestra vida cristiana es la progresiva revelación y transformación en verdaderos hijos de Dios, que son los que van a su casa y se quedan a vivir en ella. Jesús nos recuerda que se trata ahora de alcanzar la meta prometida por Dios, desde el comienzo de la historia de salvación: ver a Dios, conocerle verdaderamente en su esencia y sustancia únicas, en su verdadera realidad, como Padre, como el Hijo y Espíritu Santo que nos llevan hasta él. Y la clave de todo es Él, el propio Jesús: nos revela al Padre, nos da el Espíritu y nos conduce mediante su vida y su entrega como hombre, como Dios Humanado. Lo más importante es abrirse a la fe, al Espíritu, al Padre que nos revele al Hijo como quien es y, después, durante toda la vida, permanecer en esa luz, esa vida, esas obras con que el Camino, la Verdad y la Vida nos llevan hasta nuestra definitiva casa y morada.