Hoy hemos leído y celebramos un texto central en el Evangelio según san Mateo y muy importante para la iglesia en que vivimos y donde compartimos la fe. El evangelista recoge y cuenta un momento clave de la relación de Jesús con sus discípulos: cuando ellos -y nosotros-, gracias al testimonio de Pedro realmente reconocen –conocemos– quien es Jesús. Esto es algo que solo la fe puede revelar y así todo lo demás no sin sino opiniones. Tras ver y escuchar lo que Jesús hace y dice, la gente piensa que es un profeta de los antiguos que ha vuelto a la vida con algún mensaje o encargo especialmente importante de parte de Dios. Esto lo deducen porque llama a la conversión como todos los profetas hasta el mismo Juan el Bautista y porque obra gestos maravillosos o de poder o milagros como decimos nosotros. Pero cuando Jesús pregunta directamente a los suyos, a los discípulos que Él mismo ha elegido a ver si tienen una opinión diferente o, mejor, sí alguien proclama la verdad, es Pedro quien toma la palabra y dice algo que le sale realmente del corazón y del centro mismo de su vida: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Realmente no parece una gran revelación, al menos con las palabras: reconoce a Jesús como el Mesías, el enviado de Dios, más aún su Hijo, lo que también se podría entender en el sentido de un Mesías humano, enviado por Dios, a quien llama su hijo como rey ungido que es, destinado a restaurar el reino. Solamente entendemos lo que ha dicho Pedro gracias al comentario de Jesús, quien, en respuesta, declara a Pedro bienaventurado, participe del reino que se está manifestando, porque lo que ha afirmado no es una pura deducción suya, ni siquiera una intuición sino que se lo ha revelado directamente Dios, el Padre de Jesús. Este es el único modo de conocer realmente quién es Jesús, esta es la auténtica fe, la que Dios mismo, Padre de Jesús, infunde graciosamente. La respuesta de Pedro es la manifestación de esta verdadera fe (con la esperanza y la caridad), aquella que enseña san Juan de la Cruz que es el único medio propio para la comunión con Dios y su misterio porque nos lo da tal cual es, y va más allá de lo que el simple entendimiento puede comprender. Reconociendo esto, Jesús va mucho más allá: corresponde a Pedro cambiándole el nombre porque le hace ‘piedra’, fundamento de la iglesia que está edificando y que tendrá como misión transmitir esta revelación, esta sabiduría. La confesión de Pedro configura y sostiene esta iglesia, que visibiliza, hace presente el ámbito donde Dios en Cristo puede intervenir, encontrarse con los hombres desde su verdadera naturaleza, en la Persona de su Hijo, que es como Él y como el hombre. Pedro así representa y confirma la iglesia que se deja atravesar por la gracia del Padre, que se deja enseñar por Dios (cfr. Jn 6,44-45) a fin de reconocer la presencia y la obra de Cristo, que es la obra de Dios que restaura, salva y redime. Es una posición y una misión únicas que hace de Pedro el Mayordomo (primera lectura), mano derecha o el lugarteniente de Cristo mismo, su vicario. Pedro ha sido elegido por Dios, el Padre, al poner esta revelación en su corazón, su mente y sus labios. Por eso, obra y actúa con la plena confianza de Dios, que le deja hacer en su casa, atando y desatando, que son unos términos que ya usaban los rabinos para referirse al poder que tenían para mantener unida la comunidad, apartando, si hacía falta a quien ha roto con la confesión de fe, ya sea con sus palabras o con su vida; y mantenerle «desatado», fuera de la casa común, hasta que recapacitase. Pedro está ahí para confirmar la fe de sus hermanos y para ser la última garantía de que la iglesia de Jesús permanece firme, en verdadera comunión de corazón y vida con Aquél que la ha iniciado y que la sostiene.


