«Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo»

18 Jul 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Escuchamos hoy algunas parábolas más, también relacionada con las cosas que crecen: el trigo, cizaña y las demás. Una vez se ha establecido la presencia y la influencia de la Palabra de Dios en la realidad y la necesidad de que la acojamos, pues Dios no nos salva sin nosotros ya que el amor, para ser tal, ha de ser aceptado, primero, y luego, puesto por encima de todas las demás realidades de la existencia o se convierte en lo más horrible. Así decía aquel padre oriental, Isaac el sirio, que señalaba que el infierno no es sino el amor divino que consume eterna e insoportablemente a quienes no quisieron aceptarlo. Pero hay mucho más: la parábola de hoy nos confronta con la realidad de que lo crece en el mundo, y aún dentro de la iglesia, no es solo fruto de la acción y la Palabra de Dios. También, como dice el texto, un enemigo ha sembrado otras cosas, lo que significa que en la realidad no solo crecen cosas buenas, no solo Dios trabaja en ella sino que hay también, por lo menos, un enemigo, que es el enemigo, como nos enseña nuestra fe. Se nos dice muy claramente que esa cizaña ha sido plantada «en medio del trigo» y que utiliza para crecer las mismas fuerzas humanas y deseos que sirven al crecimiento del reino de Dios operado por la Gracia. Y también queda claro que arrancar esa cizaña que crece y crecerá junto al trigo, no es nuestro trabajo. No es la misión de los discípulos de Jesús juzgar la verdad profunda, el interior de los que caminan con nosotros; es preciso, pues, convivir con la cizaña, sembrada por el rival de Dios, hasta que llegue el final, el momento de la siega donde el mismo Señor señalará que esa cizaña sea arrancada de raíz. Jesús explica esto de modo directo: el reino y sus ciudadanos –la ciudad de Dios– y los partidarios del Maligno –ciudad de los hombres o del diablo–. Estos son los que provocan escándalos y obran la iniquidad y pueden tener la seguridad de que serán arrancados de cuajo y arrojados al horno de fuego, esto es, que por más éxito o logros o posesiones crean haber alcanzado en esta vida, tienen que saber que todo eso no significa nada, que es como hierba que hoy está y mañana ya se ha secado. Si lo que más tememos es esto precisamente, no permanecer, que lo que hacemos y para lo que nos esforzamos es humo y es aire. El mal no puede ni podrá sostener a los malos, el Maligno, a pesar de todas sus apariencias y fuerza en este mundo, no es nadie porque su obra no puede atravesar el juicio divino una vez traspasado este mundo. Por su parte, la Gracia, la Palabra, sí tiene la capacidad de construir realidades en este mundo que tienen consistencia también una vez atravesado el fuego purificador del juicio. Queda también claro en las parábolas de la cizaña y la levadura, que el Reino es capaz de dar cobijo a los suyos, de dar ese ciento por uno incluso material y carnal que prometió Jesús –aunque con persecuciones, esto es, entre los vaivenes y cambios de este mundo– a los suyos. Quien cree en Él y vive a la luz de la Palabra, viviendo de acuerdo a los mandamientos, puede disfrutar de la verdadera amistad, del amor sincero, de una maravillosa vida familiar, de un ministerio fructífero, y todo ello con la confianza que está acumulando –El sí– para Dios, para la eternidad. Además, externa y humanamente, no hay comparación entre la pequeñez de los inicios y la fuerza de realidad, de construir, que tiene el Reino inaugurado por Jesús. En fin, Jesús mismo nos invita a escuchar su Palabra en estas parábolas para comprender mejor cómo actúa su fuerza viva, su presencia entre nosotros, para que fiamos en Él, vivamos y construyamos en lo que permanecerá, para así salvemos nuestra vida y nuestros esfuerzos.