«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no»

11 Jul 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Comenzamos hoy a leer el tercer gran discurso de Jesús en el Evangelio de san Mateo: el de las parábolas. El Evangelista reúne en este capítulo algunas de las parábolas que pronunció Jesús como parte de su enseñanza y, sobre todo, nos habla sobre el hecho mismo de por qué enseñaba de este modo. Realmente, Jesús es la Palabra de Dios hecha hombre y así puede recurrir a toda la Escritura que es suya, le pertenece y, además, la reinterpreta para nosotros habida cuenta de la nueva y extraordinaria situación que su presencia ha inaugurado en este mundo. Ante todo, como recordaba la primera lectura, la Palabra es manifestación de la gracia de Dios que desciende del cielo para alimentarnos y, sobre todo, para dar fruto y un fruto que no pasa, que es signo de vida eterna y de la perenne misericordia de Dios. En el Evangelio, el discurso se inicia con Jesús hablando a una multitud desde una barca –para que no le aplasten–, es decir, habla para todos y para cada uno, quiere, sobre todo, ser entendido y por eso usa las parábolas. La parábola es un género o herramienta literaria muy usada en el Antiguo Testamento, y en toda la cultura antigua y siempre, que consiste en explicar realidades no evidentes o espirituales o morales a base de ejemplos, comparaciones, acercando un contenido difícil para que lo pueda comprender cualquiera con ganas de entender. Las parábolas bíblicas añaden la característica de enfrentar a los oyentes con una situación que no quieren o no pueden ver planteándosela en forma de un juicio que quien escucha tiene que hacer sobre una situación ajena que, en el fondo de la suya (como Natán le abre los ojos al rey David sobre su adulterio y asesinato en 2Sm 12,1-7). Aquí Jesús está hablando de lo más básico y esencial: cómo la Palabra misma de Dios (su Palabra) nos alcanza y hace todo lo posible por ser acogida por nosotros. Por eso, primero cuenta la parábola del sembrador para describir su propia acción y enseñanza: enviado por Dios, el Hijo del hombre disemina la Palabra por doquier, sobre todos, buenos y malos, pobres y soberbios, etc. Esa semilla está cargada, misteriosamente, de la vida de Dios y que dé fruto depende de cómo la acojamos cada uno. La parábola señala algunos tipos de esta acogida y, al final, apunta una interpretación, aunque el texto queda abierto a otras explicaciones. La Palabra no da fruto si no hay tiempo ni medios para entenderla siquiera, o si quien la recibe lo hace sin tomar en serio su origen y que tiene implicar toda la vida; o, por último, que quien la escuche se la deje arrebatar por otras urgencias o enturbiar por las ideologías, que diríamos hoy. Pero, por supuesto, el mensaje central de la parábola es que en la Palabra «estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4), que da fruto y hace crecer la vida divina en quien mínimamente se abre a ella. Todo el intento de Jesús, entonces y hoy, es que abramos el oído, que entendamos y vivamos (pues la fe no es solo conocer sino que es siempre vivir) esta gozosa realidad de la presencia del Reino, de nuestra participación en él, que tantísimos quisieron disfrutar y no pudieron. Desde Jesús, todo el amor, la salvación, la misericordia de Dios están a nuestro alcance, están esperando poder crecer y afianzarse en nuestras vidas. Para insistir en esto, el postulado central, Jesús cita unas palabras decisivas de Isaías pronunciadas ante la cerrazón del pueblo a la Palabra y que nos advierten que no tenemos todo el tiempo del mundo. Cada día que pasa sin decirle sí del todo a Jesucristo, Palabra viva de Dios, es un día perdido y como vivido para atrás y que solo se podrá recuperar abriendo bien los ojos y los oídos al misterio que estamos celebrando.