«A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el agua»

8 Ago 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

El relato evangélico de hoy es la continuación inmediata del que leímos el domingo pasado. Tras alimentar a una gran multitud en medio del desierto multiplicando unos pocos panes y peces, Jesús hace salir del lugar a sus discípulos con la misma barca que los había traído y tras despedir a la gente, se marcha a solas al monte a orar, como tenía por costumbre. Durante el día, estaba sirviendo y cuidando de la gente, así que solo le quedaba la noche para estar con su Padre. Esto es algo difícil, para hacernos pensar pues por un lado, Jesús el Verbo bendito de Dios Encarnado, y siempre está con su Padre. La teología clásica hablaba de que siempre disfrutó de la «visión beatífica», esto es, la plena comunión de su naturaleza divina con la del Padre, aunque, a la vez, de su diferencia personal como Hijo. Aquí radica, quizá, la base de este misterio de su vida, de su oración, pues al encarnarse, su naturaleza divina se unió a la humana, y su única Persona necesitaba ahora tiempo y lugar para estar con su Padre también como hombre. Esa humanidad suya por la «que iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», buscaba, crecer en esa comunión viva que era consustancial a su naturaleza divina. Este es el camino que le lleva a través de su vida entera y, sobre todo, de su conclusión, de su muerte y Resurrección, a que esa Humanidad sagrada ascienda al cielo, junto al Padre, y allí permanezca hasta que tenga que volver al final de los tiempos. Es por esto que nosotros, hechos hijos de Dios en el Bautismo gracias a esta entrega total de la naturaleza humana del Hijo, necesitamos y de qué manera la oración, «estar muchas a veces a solas, tratando amistad, con quien sabemos nos ama», como enseña Sta. Teresa. Tras esto, vuelve a por sus discípulos. Algunos han interpretado en esta separación una especie de ruptura entre ellos y Jesús debido a que Él no ha querido aceptar una corona y tomar el poder después de la demostración que fue el milagro de los panes y peces (cfr. Jn 6,15), pero esto sólo daría más contenido a este reencuentro. Aunque este se produce ya con una gran dramatismo: la barca de los discípulos está soportando una de esas fuertes tormentas que se producían en el gran lago que era el mar de Galilea. Este texto no habla de un serio peligro, como otros (cfr. Mt 4, 37-41) sino de un encuentro más allá de las capacidades humanas que da testimonio de la verdadera realidad de Jesús. Casi al final de la noche, Jesús se muestra dirigiéndose hacia ellos caminando sobre el mar. Ellos se asustaron creyendo «que era un fantasma» pero Él los tranquilizó con la expresión que se usa en la Escritura para las teofanías: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es entonces cuando Pedro, tomando la palabra, quiso asegurarse o lograr un nivel más alto de comunión con el Maestro, pidiéndole que le mandase hacer lo mismo, acercándose hasta Él también caminando sobre el agua. Pero cuando Jesús lo acepta así, y Pedro se hace cargo de la realidad del mar, las olas, el viento, se viene abajo y comienza a hundirse y Jesús necesita salvarlo. Pedro ha querido crecer en la fe pero no ha sido capaz; su confianza le ha fallado, necesita más tiempo, más convivencia con Jesús para ir creciendo en la comunión personal con Él; así tendrá que pasar por la duda, la negación, hasta recibir de Jesús, tras la Pascua, la definitiva consagración que certificará son su muerte martirial al final de todo. El Evangelista san Mateo ha reunido muchos dichos y hechos de Jesús que trataban sobre esta progresiva comunión, que fue deseo explícito de Jesús, desde la primera confesión de Pedro (cfr. Mt 16,16). En fin, el relato nos enseña que Jesús es el Hijo de Dios, capaz de ordenar calma al viento y al mismo mar pero que la fe en esto, en Él, es un proceso de crecimiento, de entrega, de amor.

Contenido va aquí