«Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia»

3 Oct 2026 | Aventuremos la Vida, Evangelio Dominical

Este domingo hemos escuchado otra parábola, que, insistiendo una vez más en el tema de la viña del Señor, esto es, su reino tal y como ha quedado instaurado en la tierra, nos recuerda vivamente cómo es la realidad de las cosas. El reino, la viña, es de Dios y nosotros solo somos sus trabajadores, servidores del Señor y de la Misión de Jesús. Realmente, Él es la verdadera viña (cfr. Jn 15,1ss.), el nuevo pueblo de Dios destinado a incorporar a toda la humanidad, una vez le reconozco, se convierta y quiera unirse a las nueva vida que brota de Él. La parábola descubre la actitud de los dirigentes judíos que, desde hace mucho tiempo, desean quedarse como únicos dueños de la viña, únicos señores del pueblo, manteniendo, a lo sumo, una relación formal con Dios. Este, permanecería como el Dueño pero para todo lo demás ahí están sus «buenos» siervos, los sumos sacerdotes, los escribas, lo fariseos, los ancianos del pueblo. Estos ofician en su Templo para tenerle contento, administran e interpretan la Ley que la columna vertebral de la Alianza. Jesús recuerda cómo han apartado, desautorizado, asesinado a todos los profetas que el Señor les ha enviado para echarles en cara tu actitud y para conminarles a volver a la verdadera vivencia de la Alianza, en el respeto y amor a Dios y el servicio y dedicación a sus prójimos, hermanos y aún a los extranjeros. Los dirigentes del pueblo, sistemáticamente, han querido sostener su preminencia y autoridad no en el Dios vivo, que los abronca continuamente, sino en las instituciones, las leyes, las costumbres, mutando poco a poco la misma Alianza en un contubernio que ya no reconoce a su Señor original y que, por tanto, ya no da la gracia, ya no hace presente la presencia y la protección del Dios vivo sobre su pueblo. Jesús añade la predicción de lo que le va a suceder a Él: los dirigentes del pueblo lo reconocerán «in extremis» como el mismo Hijo de Dios y creen que ha llegado su oportunidad de eliminar al Heredero, de echar fuera para siempre a Dios de su tierra, de sus vidas, de su propia creación. Y también les anuncia que Dios, su Padre, el verdadero dueño que les ha confiado la viña, se va a servir de este último rechazo para fundamentar su reino para siempre. El Hijo, arrastrado a la muerte, y a quienes ellos así dan por amortizado –nunca mejor dicho– se convertirá en la piedra angular del nuevo pueblo de Dios. Todo lo que ellos desprecian en este Hombre que ha aparecido ante ellos con toda la debilidad de un hombre pero con toda la autoridad de Dios, se va a transformar en el comienzo de la nueva creación, de la nueva humanidad. El gesto no les va a salir gratis a los judíos, y así unos cuarenta años más tarde, los mismos judíos y todos contemplarían horrorizados cómo las tropas extranjeras hollaban y destruían la ciudad Santa, el Templo y acababan con el corazón mismo de Israel. La parábola ilumina también nuestros tiempos, puesto que tras aquellos dirigentes que tan mal dirigieron, vinieron otros muchos peores. Se creían lumbreras de sabiduría de la humanidad que lograrían el objetivo de arrojar a Dios de su propia creación con toda clase de falsas religiones, ateísmos, filosofías mentirosas que han llevado a los hombres a niveles nunca imaginados de inhumanidad y salvajismo. Y para hacerlo saben que tienen que negar al Hijo Encarnado que vino para hacer realidad, por fin, todas las promesas de Dios, fingir que es solo un hombre o solo un dios disfrazado, un predicador de buenas intenciones y no el Redentor que dio su vida para que recuperásemos la nuestra.