Vivir sin miedo

17 Ago 2026 | Aventuremos la Vida

Hay una pregunta que atraviesa la historia de la humanidad y que, de una u otra forma, todos terminamos haciéndonos: ¿cómo vivir sin que el miedo gobierne nuestra vida?

Miedo a equivocarnos. Miedo al futuro. Miedo a perder lo que amamos. Miedo al fracaso, al rechazo, a la enfermedad, a la soledad. El miedo forma parte de la condición humana y Santa Teresa de Jesús nunca pretendió negarlo. Lo conoció demasiado bien como para ofrecer respuestas ingenuas.

Lo verdaderamente sorprendente es que, a pesar de todas las razones que tuvo para temer, decidió no dejar que el miedo dirigiera su existencia.

Cuando uno recorre su biografía resulta difícil encontrar una etapa tranquila. Enfermedades que pusieron en peligro su vida, incomprensiones dentro y fuera de la Iglesia, continuas dificultades económicas, viajes interminables por caminos inseguros, sospechas sobre su experiencia espiritual, conflictos con autoridades civiles y religiosas… Humanamente hablando, Teresa tenía motivos de sobra para vivir paralizada.

Pero nunca lo hizo.

No porque fuera una mujer intrépida por carácter, sino porque había descubierto una confianza más fuerte que todos sus temores.

En el Libro de la Vida narra con enorme sinceridad sus luchas interiores. No oculta las dudas, las vacilaciones ni los momentos en que el sufrimiento parecía superar sus fuerzas. Esa sinceridad convierte su testimonio en algo profundamente cercano. Teresa no habla desde una vida perfecta, sino desde una existencia real.

Poco a poco comprende que el miedo pierde fuerza cuando el corazón aprende a apoyarse más en Dios que en sus propias seguridades.

Esta experiencia atraviesa toda su obra. En Camino de Perfección anima constantemente a sus hermanas a caminar con decisión. No les promete un camino libre de dificultades. Les recuerda, sencillamente, que Dios es mayor que cualquier obstáculo.

Quizá por eso una de las expresiones que mejor resumen su espiritualidad sea la conocida oración:

«Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa. Dios no se muda.»

Estas palabras no nacen de quien nunca ha sufrido, sino de quien ha descubierto que ninguna circunstancia tiene la última palabra cuando la vida está sostenida por Dios.

Resulta significativo que Teresa nunca proponga eliminar el miedo mediante el esfuerzo de la voluntad. No dice: «deja de tener miedo». Enseña algo mucho más profundo: dirige la mirada hacia Aquel que permanece cuando todo lo demás cambia.

Porque el miedo suele crecer cuando fijamos la atención únicamente en los problemas.

La confianza crece cuando aprendemos a mirar también la presencia de Dios en medio de ellos.

Esta enseñanza conserva hoy una extraordinaria actualidad. Vivimos rodeados de incertidumbres. La velocidad de los cambios, la inseguridad económica, los conflictos sociales o las preocupaciones personales hacen que muchas personas vivan con una sensación permanente de inquietud.

Teresa no ofrece soluciones fáciles.

Propone cambiar el lugar desde donde miramos la vida.

Quien vive únicamente apoyado en sus propias fuerzas terminará sintiendo miedo tarde o temprano. Quien descubre que Dios camina a su lado aprende poco a poco a afrontar incluso aquello que no puede controlar.

Eso no significa vivir sin prudencia. Teresa fue una mujer extraordinariamente sensata. Planificaba sus fundaciones, consultaba, discernía y buscaba consejo antes de tomar decisiones importantes. La confianza nunca sustituyó a la responsabilidad.

Pero tampoco permitió que la prudencia se convirtiera en excusa para no avanzar.

Hay una diferencia profunda entre ser prudente y vivir paralizado.

Teresa eligió siempre la primera opción.

Quizá por eso pudo recorrer miles de kilómetros, fundar diecisiete conventos, escribir algunas de las obras más importantes de la espiritualidad cristiana y afrontar incomprensiones que habrían desanimado a cualquiera.

No fue la ausencia de miedo lo que hizo posible su vida.

Fue una confianza mayor que el miedo.

También nosotros seguiremos encontrando incertidumbres, pérdidas y momentos en los que el camino parezca oscurecerse. Teresa no promete que esos momentos desaparecerán. Nos recuerda algo mucho más esperanzador: nunca tendremos que atravesarlos solos.

Y cuando esa certeza se instala en el corazón, el miedo deja poco a poco de ocupar el centro de la vida.

Porque quien ha descubierto que Dios permanece, aprende también a caminar con una libertad que ninguna amenaza puede arrebatar.

Juan Antonio Alonso