Vivimos en una cultura que identifica la libertad con la posibilidad de elegir. Cuantas más opciones tenemos, pensamos, más libres somos. Sin embargo, la experiencia demuestra que no siempre sucede así. Podemos disponer de todo y, al mismo tiempo, vivir profundamente esclavizados por nuestros miedos, deseos, preocupaciones o dependencias. San Juan de la Cruz conocía bien esta paradoja y, hace más de cuatro siglos, escribió una de las obras más profundas de la espiritualidad cristiana para responder precisamente a esta cuestión: ¿cómo puede el ser humano alcanzar la verdadera libertad?
La Subida del Monte Carmelo nace con un objetivo muy concreto. El propio santo explica que quiere enseñar «cómo podrá un alma disponerse para llegar en breve a la divina unión», ayudándola a desembarazarse de todo aquello que le impide caminar hacia Dios. No pretende ofrecer una lectura agradable o llena de consuelos espirituales, sino una doctrina sólida para quienes desean avanzar en la vida interior.
La imagen del monte no es casual. Toda ascensión exige esfuerzo. Quien pretende alcanzar la cima no puede cargar con un equipaje innecesario. Cada kilo de más dificulta el camino. Del mismo modo, el alma necesita aprender a desprenderse de aquello que la mantiene atada. No porque las cosas creadas sean malas, sino porque pueden ocupar un lugar que no les corresponde.
Por eso, el célebre dibujo del Monte de Perfección resume toda la enseñanza de San Juan con una palabra repetida una y otra vez: «nada». «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada… Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.» Y concluye afirmando que «en esta desnudez halla el espíritu su descanso».
A primera vista, estas expresiones pueden parecer negativas o incluso pesimistas. Pero sucede exactamente lo contrario. La «nada» sanjuanista no es el vacío, sino el espacio donde Dios puede actuar. Es la renuncia a convertir cualquier realidad creada en un absoluto. Es dejar de vivir dependiendo del éxito, de la aprobación de los demás, del dinero, del prestigio o incluso de la propia imagen espiritual.
San Juan habla continuamente de los apetitos, esas inclinaciones desordenadas que terminan gobernando la vida sin que apenas nos demos cuenta. No se refiere únicamente a los grandes pecados. También existen apetitos mucho más sutiles: la necesidad constante de reconocimiento, el deseo de controlar todas las situaciones, el miedo a perder seguridad o la obsesión por tener siempre razón.
Mientras esos apetitos dominan el corazón, el alma permanece dividida. El santo llega a afirmar que quien pretende amar a Dios sin renunciar a esos apegos termina poniendo en la misma balanza al Creador y a las criaturas. Por eso insiste en que es necesario «hacer cesar y mortificar los apetitos», porque la perfección consiste en que el alma quede «vacía y desnuda».
Sin embargo, este camino no nace del esfuerzo humano únicamente. La Subida conduce progresivamente hacia la experiencia de la noche, ese tiempo en el que Dios mismo va purificando el corazón. Lo que al principio parece oscuridad o pérdida acaba convirtiéndose en una transformación profunda. El alma deja de apoyarse en sus seguridades para aprender a vivir únicamente desde la fe y el amor.
Quizá esta sea una de las intuiciones más actuales de San Juan de la Cruz. Vivimos rodeados de estímulos, información y ruido permanente. Nos cuesta soportar el silencio, esperar, aceptar los límites o convivir con la incertidumbre. Queremos respuestas inmediatas para todo. El santo, en cambio, propone recuperar la paciencia del corazón y descubrir que muchas veces Dios actúa precisamente cuando dejamos de controlar el camino.
La libertad de la que habla San Juan no consiste en hacer siempre lo que uno quiere, sino en llegar a querer aquello que verdaderamente conduce a la vida. Es la libertad de quien ya no necesita demostrar continuamente su valor, ni buscar fuera aquello que solo Dios puede ofrecer. Es una libertad serena, humilde y profundamente gozosa.
La cima del Monte Carmelo no es un lugar reservado para unos pocos místicos. Es la vocación de todo creyente que desea amar con un corazón indiviso. San Juan no invita a huir del mundo, sino a vivir en él sin quedar atrapado por él. Porque únicamente quien aprende a soltar puede descubrir que Dios siempre llena con mucho más de lo que parecía perderse por el camino.
Y quizá esa sea la enseñanza más luminosa de esta obra inmortal: la verdadera ascensión no consiste en subir más alto que los demás, sino en dejar que Dios nos haga cada vez más libres para amar.


