La libertad de un corazón sin cadenas

10 Sep 2026 | Aventuremos la Vida

Hay palabras que, con el paso de los siglos, parecen perder fuerza. Una de ellas es libertad. Hoy la asociamos a hacer lo que queremos, elegir entre muchas opciones o vivir sin límites. Sin embargo, basta mirar nuestra vida para descubrir que no siempre somos tan libres como pensamos. Nos condiciona la opinión de los demás, el miedo al fracaso, la necesidad de reconocimiento, el deseo de poseer más, la prisa constante o la incapacidad para renunciar a aquello que creemos imprescindible.

San Juan de la Cruz conocía muy bien esas esclavitudes. Por eso escribió la Subida del Monte Carmelo, una obra exigente, pero profundamente luminosa, en la que propone un camino de auténtica liberación. No busca apartar al hombre del mundo, sino ayudarle a vivir en él con un corazón completamente libre.

La imagen que utiliza es sencilla y poderosa: un monte. Toda subida exige esfuerzo. Nadie alcanza una cumbre cargando un peso innecesario. Quien quiere llegar arriba aprende pronto que cada objeto superfluo termina convirtiéndose en un obstáculo.

Así sucede también en la vida espiritual.

El alma que quiere llegar a Dios necesita aprender a desprenderse de aquello que ocupa el lugar que solo Él puede llenar. No porque las cosas sean malas, sino porque incluso las mejores pueden convertirse en cadenas cuando el corazón se apega a ellas.

Por eso, en el célebre dibujo del Monte de Perfección, San Juan escribe una palabra que se repite una y otra vez a lo largo del camino: «nada». «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada…». Y concluye con una frase de enorme belleza: «En esta desnudez halla el espíritu su descanso.»

Leídas superficialmente, estas palabras pueden parecer una invitación al desprecio del mundo. Nada más lejos de la intención del santo.

La «nada» sanjuanista no es un vacío estéril. Es el espacio donde Dios puede ser verdaderamente Dios. Es dejar de absolutizar lo relativo. Es aprender que ninguna realidad creada puede sostener plenamente el corazón humano.

San Juan llama apetitos a todos esos deseos desordenados que terminan gobernando la vida. No habla únicamente de grandes pecados. También son apetitos la necesidad de tener siempre razón, la obsesión por controlar todo, el orgullo disfrazado de seguridad, la búsqueda constante de aprobación o el apego a nuestras propias ideas.

Mientras esos apetitos ocupan el centro del corazón, la subida se hace imposible.

Por eso afirma con claridad que quien quiera subir al Monte Carmelo debe dejar abajo no solo las cosas exteriores, sino también esos apetitos interiores que siguen «apacentando» el corazón lejos de Dios. La perfección consiste en que el alma quede «vacía y desnuda y purificada de todo apetito».

Sin embargo, esta purificación no nace únicamente del esfuerzo personal.

Aquí aparece una de las intuiciones más profundas de San Juan de la Cruz. El protagonista del camino no es el hombre, sino Dios. El alma prepara el terreno; es Dios quien transforma. Como el fuego que poco a poco convierte un tronco en brasa incandescente, el Señor purifica lentamente todo aquello que aún no es amor. La oscuridad, las pruebas y los silencios dejan de ser castigos para convertirse en lugares donde Dios va modelando el corazón hasta hacerlo semejante al suyo.

Esta enseñanza posee una sorprendente actualidad.

Vivimos rodeados de estímulos. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, resulta difícil permanecer en silencio. Nunca habíamos acumulado tanta información y, sin embargo, nos cuesta encontrar sabiduría. Nunca habíamos disfrutado de tantas comodidades y, sin embargo, experimentamos con frecuencia un profundo cansancio interior.

Quizá porque seguimos intentando llenar el corazón con aquello que nunca podrá saciarlo.

San Juan de la Cruz propone un camino distinto. No invita a tener menos para sufrir más, sino a necesitar menos para amar mejor. Enseña que la verdadera riqueza no consiste en acumular, sino en poseer un corazón disponible para Dios y para los demás.

La cima del Monte Carmelo no pertenece a unos pocos contemplativos extraordinarios. Es la vocación de todo cristiano. Cada vez que dejamos de vivir pendientes de nosotros mismos para poner a Dios en el centro, damos un paso hacia esa cumbre. Cada vez que renunciamos al egoísmo para amar gratuitamente, ascendemos un poco más. Cada vez que aprendemos a confiar incluso cuando no entendemos el camino, el monte deja de ser una amenaza para convertirse en una promesa.

Porque, al final, la gran enseñanza de la Subida del Monte Carmelo no consiste en renunciar a todo, sino en descubrir que solo un corazón libre puede amar plenamente. Y cuando Dios ocupa ese lugar central, aquello que parecía una pérdida se convierte en la mayor de las ganancias.