Había oído que, cada año, en nuestra casa de Toledo, un grupo de familias se hospedaban para celebrar allí el Triduo Pascual, y que animaba el encuentro el Padre Paco, Francisco Martín Tejedor. Este año, fui invitado por la comunidad carmelitana de Toledo a acompañarles durante el Triduo.
Al llegar a Toledo, no me sorprendió —pues ya la conocía— la cuidada reforma que ha hecho la Comunidad en las piedras venerables del edificio conventual, inaugurado en 1655, y que ha resistido los embates de la Exclaustración y la Guerra civil. Me maravillaron más bien las piedras vivas: me encontré con un grupo muy numeroso y abigarrado, encantado de estar allí: ciento ocho personas, a razón de sesenta niños, adolescentes y jóvenes, y cuarenta y ocho adultos. Imaginaos la logística necesaria: un comedor para las familias, otro para los adultos sin hijos y la comunidad. Y para dormir: en los dormitorios corridos del albergue se habían habilitado cuatro espacios comunitarios, para distribuir niños y adolescentes por edad y sexo. Uno de los seglares cuidaba que los pequeños mantuviesen el orden y limpieza de esos espacios. Los matrimonios y las personas sin hijos habitaban las habitaciones ordinarias de la casa.
Cada mañana, reunidos los adultos en un espacio y los niños en otro, teníamos la motivación de la jornada. Y cada tarde, antes de los oficios, junto con los adolescentes y jóvenes, preparábamos las celebraciones. Con la concurrencia de los ciento ocho seglares hospedados en casa y de los fieles de Toledo que frecuentan nuestra iglesia, esta se llenaba en cada uno de los cultos. Admirable el silencio de los muchos niños, acostumbrados a estar en el templo, a participar en las celebraciones. El vía crucis fue preparado por los más pequeños: en cada estación hacían sus peticiones y sus aplicaciones prácticas a la vida cotidiana.
No faltó un elemento de piedad popular: en la madrugada del Viernes Santo, asistimos al encuentro entre la imagen del Cristo de la Vega, que venía en procesión desde la Catedral, y la hermosa imagen mariana de la comunidad carmelitana. Se hizo visible la cuarta estación del vía crucis.
Permitidme un comentario personal; me resultó muy emotiva la celebración del Viernes Santo: muy bien organizada, sobria, devota. Al inicio de los oficios, nos tumbamos en el suelo, como señala el Misal, y un recuerdo vino a mi mente: cuando en ese mismo espacio nos tumbamos el Padre Emilio Martínez y un servidor, antes de ser ordenados Diáconos, hace ya veinticinco años, el 27 de noviembre de 1993. Cuando terminó la proclamación de la Pasión, se me hizo evidente la imposibilidad de predicar en esa iglesia, junto al altar donde se guardan y veneran las reliquias de los dieciséis Mártires… ellos sí fueron testigos de la Pasión. Su sangre derramada, su fidelidad hasta el final sí son una palabra elocuente.
El Domingo de Resurrección, antes de partir, las impresiones que se compartieron entre todos los que estábamos viviendo la experiencia pascual fueron de profunda gratitud a los Carmelitas Descalzos de Toledo, que posibilitan que familias con niños puedan vivir el triduo en una casa religiosa.
Antonio Benéitez

